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la fundación es una organización sin fines de lucro que se propone contribuir al mejoramiento de la la vida de las personas, organizaciones y comunidades

Como organización forma parte de una Red Internacional que reúne personas y grupos de Francia, Alemania, Suiza, España, Brasil, Colombia, que promueve la Economía Solidaria, el Desarrollo Social Local, la Salud Comunitaria, el abordaje colaborativo de los conflictos, los Diálogos Públicos y las formas creativas de abordar los desencuentros humanos

Podrán visualizar más en detalle algunas de estas dimensiones en nuestro site: www.moiru.com.ar

marzo 11, 2010

Crónicas del Paraná III La expedición de artistas y científicos se detiene en San Pedro. La periodista de Crítica de la Argentina aprovecha para dialogar con el pintor Coco Bedoya.

Ya no somos exploradores de un río sino expedicionarios en busca de un barco. El buque Paraguay, que deberíamos haber abordado en San Pedro para continuar nuestra travesía por el Paraná, está ahí, a unos trescientos metros, amarrado en el puerto de Rosario. Y nosotros, del otro lado de la reja que nos separa de la explanada, como prisioneros sueltos, esperando que nos dejen zarpar. Sabemos que una de las dueñas del crucero se llama Yeny, sabemos que Yeny dijo que el barco había sido demorado en Formosa por unos problemitas burocráticos, ahora también sabemos que fue demorado acá por unos problemitas técnicos, pero que ya, ya están por solucionarse. Quizás tarden sólo un par de días.
El crucero Paraguay dejó la categoría de medio de transporte para pasar a la de objeto de deseo: le sacamos fotos, acercamos la cara al enrejado para verlo mejor, adivinamos la pileta sobre cubierta, comentamos cuán pintoresca es su estructura de madera con ventanitas que le dan aspecto de vecindario, y señalamos esa rueda gigante de adorno que lo hace tan Mississippi. Pienso en Herzog, en la tapa de su libro La conquista de lo inútil, en la foto del barco que el cineasta alemán remontó para emular la aventura de Fitzcarraldo, un irlandés delirante que para construir una ópera en el medio de la selva peruana trasladó un vapor a rueda a través de una colina. Y Herzog, que tiene la locura y el ego suficientes para imitar ese tipo de empresas, hizo un film. Pero también un diario de viaje en el que pareciera decirnos: “Muchachos, si quieren ser artistas, mojen las patitas en el lodo”.
Casualmente, cuatro miembros de la expedición cargan La conquista de lo inútil en sus mochilas y Mariano Llinás ya no sabe si asombrarse o padecerlo cuando se lo nombran: “¡Es increíble, ya sos la tercera persona en este viaje que me recomienda leer ese libro!”, le dice a Ana, la directora del documental de Señal Santa Fe y canal Encuentro. Pueden ser Herzog o el diario de Darwin (que sale y entra de la mochila del periodista Julián Gorodischer como un misal): autores perfectos para mimetizarse con el espíritu de aventura. Pero también están los otros, los que se sentaban junto al río con su cuadernito, su pipa, sus tiempos fluviales, y dejaban que la cuenca del Paraná les hablara. Juanele, Madariaga, Barrett, Conti, Saer, y tantos otros autores que forman parte de la biblioteca que subirá a bordo (cuando Yeny nos deje subir).
La cuenca artística del Paraná es tan productiva como variada: va desde las Odas de Lavardén hasta Armando Bo y sus lugareños sádicos en La tentación desnuda. ¿Por qué? ¿Qué tiene el río que todos quieren decir algo sobre él? Busco en mi cuaderno de apuntes, en el que figura “hablar con Mito” (el antropólogo recolector de sonidos) y encuentro un fragmento de un Alberdi exaltado que a orillas del Paraná escribió: “Yo no sé si este sentimiento es común, pero nunca he podido pararme en las orillas de un río sin sentirme poseído de no sé qué ternura vaga, mezclada de esperanzas, de recuerdos, de memorias confusas y dulces. Las playas de los ríos han sido siempre una musa, un germen de inspiraciones para mi alma”.
Como no queremos perder el espíritu naturalista ni la idea de que tenemos que valernos de la experiencia directa, comprobar las cosas in situ, con Coco Bedoya decidimos ir a la costa, a esa franja de transición en busca del “espíritu inspirador del Paraná” del que habla el ideólogo constitucional.
En la costanera es la hora del mate, cuando el sol ya no pega en la ciudad porque se mete directamente en el río. La melena plateada de Coco apenas se mueve. Todavía hace calor pero se lo nota distendido, cómodo, liberado por un rato de la valijita en la que carga un bastidor y herramientas para hacer sus serigrafías (y por la que sufre cuando la revolean sobre la cubierta de una lancha o la bodega de un micro). Coco es peruano, un poco argentino –vive en Buenos Aires desde hace más de veinte años–, y de naturaleza nómade: nació a orillas de un río en medio del Alto Amazonas peruano porque su padre era constructor de antenas de radio y cambiaban de destino cada dos años. De ahí que el agua, que entró en su vida de manera pura y salvaje, sea la gran protagonista de su obra en serigrafía, esa misma técnica que desarrolló con las mujeres de la cárcel de Ezeiza en el taller La Stampa y a quienes les hizo conocer a un pintor llamado Berni, nacido casualmente a orillas del Paraná.

¿Qué te inspira este río, Coco? “Para mí el río es el fluir, y eso tiene que ver con pensar la historia de la pintura, del arte, como un flujo constante”, reflexiona. Y convertido en la prueba de que el río motoriza la creatividad, empieza a poner en palabras todas esas ideas dispersas que se le amontonaron en la cabeza desde que lo invitaron a ser parte de la expedición Paraná Ra’angá: “Quiero hacer una gran figura que vaya desde Rosario hasta Asunción, eso: voy a poner los pies en esta ciudad y la cabeza en Asunción, y el río Paraná va a ser el cuerpo que los una. En estos días voy a pensar bien qué forma quiero darles… También quiero que armemos un mascarón de proa para el barco, ¿viste que no lo tiene? Podríamos inventarle uno todos... y me gustaría completar un trabajo que vengo haciendo desde hace unos años”.
En su valijita, me cuenta, carga láminas de oro para incorporarlas a su serie “El retorno de Juanito Laguna”, en la que la imagen de un hombre que saca un cuadro en blanco del fondo de un río se repite. “Quiero que esos cuadros en blanco se conviertan en láminas de oro porque el oro es lo que vinieron a buscar los exploradores y es lo único que no encontraron; hoy el oro vendría a ser la cultura”. Coco quiere seguir, animado por la corriente amarronada. Pero como compañero generoso de travesía, me cede el espacio para que yo compruebe si existe ese soplo inspirador o si Alberdi exageraba con exceso de romanticismo. Miro el río, las islas a unos metros, el cielo que se oscurece. Sí, hay algo que invade, que llena los pulmones, que me trae palabras que me sé de memoria: “Corría el río en mí con sus ramajes. Era yo un río en el anochecer, y suspiran en mí los árboles, y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!”. Pero son versos de otro, son versos de Juanele. Quizás lo mío sea un naturalismo mediado: soy una recolectora de palabras, de lo que otros ven.

El sol está a punto de esconderse y Coco se queda mirando el horizonte recortado por las islas, algo abstraído: seguramente esté imaginando una nueva figura, unos pies con alas de pescado, una cabeza con el pelo revuelto. “Hay que pensar al río como una mancha de color, una mancha que pinta todo a su paso y que nadie puede borrar, aunque lo intenten”, dice y vuelve a fijar la vista en el agua. Y entonces vuelvo a Alberdi: quizás la contemplación desde la orilla a la que estamos obligados por ser expedicionarios sin barco sea el contrapunto necesario de la aventura creativa. De ser así, no la odio tanto a Yeny.
Continuará

marzo 10, 2010

futuro?

hace ya mucho tiempo la serie de peliculas "Mad Max" mostraba un mundo en el que el agua era el tesoro mas codiciado, hace poco el "Libro de Eli" ofrecia otra version del mismo tema.
Esas peliculas hablaban de un futuro Apocaliptico?
FUTURO?

Las grandes tempestades, las grandes sequias, los terremotos (cada vez mas potentes), los deshielos... son futuro?
Claro que esas cosas crean la sensacion de que son situaciones que estan lejanas a mi capacidad de reaccion.
Pero... y la contaminacion de las napas de donde se saca el agua para beber en muchos pueblos del interior de Santa Fe... es responsabilidad de quien?
quien acepta que se fumigue o se reigue con esos venenos quimicos?
quien mira las plantitas de soja creciendo mas fuertes, con mas porotos, con tanta proteccion que los bichos disparan de miedo?
quien mira a la plantita/platita y no ve lo que se le mete al suelo?
el Gobierno?
las companias transnacionales?
el vecino?
el ejemplo mas claro del futuro que se viene es....

El Riachuelo: ese agujero negro

En el sur de la ciudad de Buenos Aires, a la par del descontrol industrial y sanitario, el agua de la cuenca Matanza-Riachuelo fue perdiendo oxígeno hasta convertirse en una especie de monstruo. ¿Hay un futuro posible para uno de los diez lugares más contaminados del mundo?

Foto de Fernando Gutierrez.

Aunque no llueve, el agua burbujea. Son unos pequeños grumos que suben desde el fondo del río y explotan en la superficie como una especie de erupción, como un síntoma. Como si hubiera algún tipo de organismo respirando allá abajo. Hace un rato, cuando salimos de La Boca y la lancha empezó a dejar atrás Caminito, el río estaba alto por las lluvias de los últimos días y el agua del Riachuelo parecía la misma agua turbia del Río de la Plata, pero sólo al principio. De a poco empezaron a aparecer los matices, ciertas sombras, reflejos grasientos que se mezclan y ganan consistencia y el río que empieza a volverse más opaco y brilloso a la vez. Ahora, mientras el Riachuelo hace una curva bordeando los fondos de La Boca y esquivamos los restos en descomposición de barcos abandonados, basura que flota sin escándalo y camalotes que llegaron de quién sabe dónde, el agua sobre la que flotamos ya no es agua: es otra cosa, algo mucho peor.

Es agua porque es líquida, pero no es agua porque no tiene la composición molecular del agua, porque casi no tiene oxígeno. "Tienen que venir cuando está bajo, que se ve todo el fondo negro", dice Marcelo, el señor que nos lleva. Son las nueve de la mañana de un jueves y después de tres días de lluvia el cielo todavía es una amenaza. Esta es nuestra primera aproximación al Riachuelo: columna vertebral e intestino del tejido industrial de la provincia de Buenos Aires, que nace en algún lugar de Cañuelas y recorre 75 kilómetros atravesando la Salada, catorce de los municipios más pobres del Conurbano y el sur de la Capital hasta desembocar en el Río de la Plata, a la vista de todos los turistas que se bajan de los micros para sacarse fotos en Caminito. Mientras avanzamos río arriba, es como si estuviéramos entrando en una zona de desastre: un paisaje posnuclear y silencioso, como si hubiera habido una gran explosión, algo que todavía sangra a través de estas aguas lentas y pesadas.

Mientras las sirenas del primer mundo alertan por las catástrofes a las que nos está arrastrando el calentamiento global -un futuro cada vez más cercano- y muchos científicos pronostican el Apocalipsis en forma de sequías, inundaciones, escasez de comida y migraciones desesperadas, desde las costas del subdesarrollo, donde todo es más urgente, donde la gente se está enfermando y muriendo ahora mismo por causas ambientales, la preocupación por el cambio climático suena un poco a lujo burgués de los países ricos y aburridos de su riqueza, el nuevo fetiche de Hollywood para tematizar el fin del mundo, una ronda de negociación burocrática en la que países como Estados Unidos y China le buscan la vuelta a eso de volverse verdes sin dejar de ser rentables y no se la encuentran.

La agenda ambiental de Argentina tiene pendientes conflictos más urgentes y menos espectaculares, como la falta de cloacas y la contaminación de las napas de agua subterráneas, los basurales a cielo abierto, los desmontes para expandir la agricultura, la minería descontrolada, los efluentes cloacales desechados en los ríos y la pobreza. "De los grandes problemas reales de Argentina, el número 1 es las condiciones de vida en la pobreza, donde todo el ambiente contribuye a que se enfermen, a que tengan una expectativa de vida tremendamente menor y que los chicos estén con enfermedades desde el nacimiento, que son persistentes", apunta Marisa Arienza, de la ONG Green Cross.

Y la cuenca Matanza-Riachuelo, uno de los diez lugares más contaminados del mundo, es el punto más crítico de Argentina, porque involucra a la mayor cantidad de gente unas cinco millones de personas- y concentra buena parte de los problemas ambientales del país. Allí, el 55 por ciento de la población no tiene cloacas y un 35 por ciento no tiene agua potable, así que extrae el agua de las napas contaminadas por los pozos ciegos, es decir, toman sus propios desechos diluidos, es decir, su propia mierda. El impacto: un lento envenenamiento que, una vez que alguien llega a un hospital, cuesta diagnosticar como secuela ambiental. "Contraen enfermedades como meningitis, diarreas (que en chicos y ancianos se transforman en cuadros más graves, como gastroenteritis, que llevan muchísimas veces a la muerte) y una enormidad de problemas renales, que cuando se detectan ya suelen ser irreversibles, además de que necesitan de un sistema de salud de alta complejidad que nunca tienen", detalla Arienza. Según Epidemiología del Ministerio de Salud de la Nación, el 33 por ciento de la gente que vive en los alrededores del río sufre problemas gastrointestinales y el 26, afecciones respiratorias.

"No hay relación causa y efecto entre la contaminación y el organismo, pero en la situación en que viven, con la falta de estructura sanitaria, la mala nutrición, etcétera, la contaminación tiene más entrada en el organismo. Lógicamente, nadie te puede decir que hay una relación uno a uno entre la contaminación y ese tipo de patologías", reconoce Félix Cariboni, miembro de la unidad de campaña Matanza-Riachuelo de Greenpeace.

Dejamos atras las grandes moles de ladrillo de las fábricas de Dock Sud, containers apilados entre pastos crecidos, unos silos abandonados y el Puente Pueyrredón que de repente nos pasa por encima, el eco de los autos que van y vienen de capital a provincia. Un poco más adelante, cruzamos por al lado de una malla contenedora que intenta detener sin suerte kilos de basura flotante que se le están empezando a escapar lentamente, río abajo, mientras un barquito color verde, movido por unas paletas como la de los botecitos para enamorados de los lagos de Palermo, levanta bolsas de basura con una pala mecánica y las vuelca en tres containers que hay sobre la costa.

En 2006, después de que un grupo de vecinos de Dock Sud -que viven cercados entre el Riachuelo y los gases del Polo Petroquímico- presentaran una demanda por daño ambiental contra el Estado Nacional, la provincia de Buenos Aires, la Ciudad y 44 empresas, reclamando por los daños y perjuicios sufridos por culpa de la contaminación y exigiendo la recomposición del ambiente, se creó por ley la Autoridad de Cuenca Matanza-Riachuelo (ACuMaR), que depende de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable. Hasta entonces, la jurisdicción sobre el Riachuelo era un complejo entramado de responsabilidades que recaían sobre intendentes del Conurbano, el gobierno provincial, la ciudad de Buenos Aires y la Nación, como para que alguno quisiera meterse. Además, para los intendentes de los municipios más afectados, las industrias son una parte central de su economía. Sólo el Polo Petroquímico de Dock Sud representa el 5 por ciento del PBI de toda la provincia.

Dos años después, la causa llegó a la Corte Suprema, que en 2008 dictó una sentencia colectiva sobre la ACuMaR, el Estado Nacional, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, exigiendo la mejoría de la calidad de vida de los habitantes de la cuenca y la recomposición del agua, el aire y los suelos. "Pero se viene haciendo poco y muy lento", asegura Cariboni. Hasta ahora, se removieron algunos bancos abandonados, se corrió un sector de La Salada que daba al río y terminaba llenándolo de basura, y hay unos botecitos verdes como el que pasamos recién, que casi da pena verlos, encargados de limpiar la basura que viene flotando antes de llegar a la desembocadura.

De pronto, después de pasar por debajo de otro puente, el paisaje industrial desaparece detrás de una vegetación frondosa que crece en la costa, sauces llorones cayendo en picada sobre el agua, plantas de hojas carnosas, algunas flores obstinadas y la espesura de la vegetación que se come todo el resto, como si nada de esto estuviera pasando acá, como si fuera un río en medio de la selva, sin fábricas ni ciudades alrededor. Hasta que del lado de la Capital, entre los árboles, empiezan a asomar los fondos de una villa sin nombre, sus últimas casillas, construidas casi sobre el río, algunos cuartos sostenidos por palos de madera que se hunden en el barro del Riachuelo y los ladrillos que se tuercen pero aguantan: la obstinación de algunos por seguir perteneciendo a algo parecido al sistema o sus alrededores, el esfuerzo por no caerse y ser arrastrados a un contaminadísimo río negro. Una mujer cuelga la ropa en el fondo de su casa, una barranca de basura que cae directo al río. En la casa de al lado tienen una pelopincho y, sobre una parecita que los separa del Riachuelo, unas plantas en unos tachos de pintura.

La idea era salir temprano, antes de que la gente de los alrededores del Riachuelo se despertara, pero la lluvia nos retrasó y ahora hay que ver hasta dónde llegamos. "Más adelante, cuando se despierta la gente, por donde está la villa 20, te tiran ladrillazos", cuenta el señor que nos lleva, mientras maniobra entre unos camalotes. Los que manejan estas lanchas por el Riachuelo suelen ir armados y responden los piedrazas a los tiros. "Te gritan: «¡Eh, no somos monos!», cuando les quieren sacar fotos", dice.

Y tienen razón, todo esto tiene algo de excursión turística, de safari camuflado de periodismo comprometido. Los más pobres son empujados a vivir en los últimos rincones de la ciudad, entre fábricas y basurales a cielo abierto, en condiciones miserables, y después nosotros nos asomamos, muy de cuando en cuando, en pequeños viajes asépticos e indoloros, a registrar cómo es que evoluciona todo esto, con un interés entre antropológico y turístico, con la pena remota del extranjero.

Esta es una historia de voracidad industrial, complicidades públicas y privadas, y una profunda indolencia, que ha dejado al descubierto como pocas las consecuencias que la inacción política puede tener en la vida diaria de los ciudadanos. Para los que vivimos en la ciudad, el Riachuelo es una indignación que dura dos o tres segundos mientras lo cruzamos por autopista o cuando vamos a ver alguna exposición en Proa y sentimos el olor.

La historia moderna del Riachuelo quedó inaugurada en 1993 cuando María Julia Alsogaray, por entonces secretaria de Medio Ambiente de Carlos Menem, prometió limpiar el Riachuelo en mil días. Sólo que los mil días de María Julia Alsogaray no fueron nada más que días: también fueron 250 millones de dólares de un crédito del BID que nunca se usaron para limpiar nada. "El crédito se usó sólo en una primera instancia para hacer diagnósticos e informes que eran necesarios y que, desgraciadamente, son los únicos con que ahora contamos, porque no hay nuevos", explica Cariboni. Es decir que lo que se sabe fue diagnosticado en los 90 y se presume que ahora todo esto es mucho peor.

Después del diagnóstico, el saneamiento quedó a la deriva. Ciento cincuenta millones de ese préstamo se redireccionaron al área de Desarrollo Social para tapar un agujero y la tercera parte del crédito se tuvo que devolver al BID por no haber ejecutado las obras. Como una imagen que sintetizó la conciencia ambiental de la época mejor que ninguna, ahí quedó para siempre la tapa de la revista Noticias en la que María Julia posaba vestida sólo con un tapado de piel. De nuevo: la secretaria de Medio Ambiente posando envuelta en un pellejo animal.

Ahora, sin embargo, los ambientalistas están entusiasmados. "Estamos mejor que en los 90, hoy hay una mayor conciencia ambiental. Ya se perdió ese paradigma de que contaminación es igual a progreso y -dados los movimientos ambientales en el Riachuelo- empieza a haber un cambio", afirma Cariboni. El abogado Andrés Nápoli, de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), está de acuerdo: "La Corte fue tajante. Propone demandas de saneamiento y también multas por incumplimiento a funcionarios". Según los plazos estipulados por el fallo, la ACuMaR ya debería haber hecho una inspección de las empresas de la cuenca en treinta días y tendrían que haber cesado los "vertidos, emisiones y disposiciones de sustancias" a los 180 días.

Sin embargo, recién llevan inspeccionadas el 20 por ciento de las industrias. Para 2020, del lado de Provincia, debería haber un colector que recogiera todos los efluentes de las fábricas para llevarlos hasta una planta de tratamiento y de la margen de la Ciudad tendría que haber una obra parecida para la red cloacal. "Si vos evitás las descargas cloacales e industriales en el agua, el agua va a volver a tener oxígeno y va a volver a ser un río de verdad. Porque si evitás sólo los vertidos cloacales y no resolvés el tema industrial, ese río no va a tener mal olor, no va a ser negro, pero va a estar contaminado de metales pesados, que hay en todas las aguas, como plomo, cromo, mercurio, cadmio, sumamente tóxicos y que afectan a la población y a la fauna", explica Cariboni.

Desde el techo de la escuelita, la vista de la villa 20 es un paisaje arruinado y pujante al mismo tiempo. Crece para todos lados, por todos los rincones: en todos los techos hay vigas al aire, porque todas las casas tendrán, en cualquier momento, su piecita arriba, un cuarto más al fondo, un cerramiento donde ahora no hay, las chapas que serán cambiadas por concreto. Y todo levantado sobre una tierra que no es tierra. "Es goma vieja de camiones, ramas, escombros. Todo esto lo rellenamos nosotros, antes acá era una laguna", dice Alberto Scarazzolo, que tiene 38 años y la piel curtida de una vida revolviendo basura. Con su barba y el torso desnudo, parece una especie de Cristo cartonero.

Alberto tiene su casa frente a la escuelita, una construcción donde funciona un comedor y talleres de apoyo. Sobre la calle, hay una pila de cuatro metros de basura que todos los días se regenera. La villa 20 de Lugano es otro ángulo más de contaminación y exclusión en la Cuenca Matanza-Riachuelo, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Viven cerca de 50 mil personas en unas treinta manzanas, a las que se entra por un camino que bordea un cementerio de autos, el gran foco infeccioso de la zona. "Acá, el problema que tenemos es la pobreza y el paco. Después, por ahí la tierra y el cementerio de autos", comenta Alberto, poniendo en claro las prioridades de supervivencia. Dos veces por día sale a recorrer las calles de Liniers, Flores y Caballito con siete cartoneros más del barrio. De 7 de la mañana a 2 de la tarde y de 7 de la tarde a dos de la mañana. "Los días buenos, por ahí nos traemos mil kilos de cartón, que serán trescientos pesos a dividir entre siete". Mientras habla, ordena las bolsas que acaba de traer de su primer viaje del día y dos de sus hijos revolotean alrededor. Uno está descalzo y con los pies comidos por una especie de erupción en los empeines; el otro tiene unas crocs amarillas, el nuevo calzado villero.

A algunas cuadras de la escuelita, subiendo una cuesta que se enreda en callecitas cada vez más finas entre casitas atragantadas de rejas, está la cancha de fútbol del barrio, donde los fines de semana se instala la feria. Ahí, en una de las esquinas, funciona el centro de salud. "Atendemos cerca de trescientos chicos por semana", dice Miriam Boggi, una de las asistentes sociales que trabajan en la salita. Miriam es una mujer maciza y grandota, con el pelo atado con un rodete y esa elegancia práctica que tienen

para arreglarse las mujeres que realizan trabajos sociales. "La mayoría de los casos que atiende son por mordeduras de rata y enfermedades infecciosas de verano (diarreas, por ejemplo), o chicos anémicos por contaminación de plomo en la sangre. No está comprobado científicamente que viene del cementerio de autos, pero sólo porque nadie ha querido hacer los estudios que muestren que el suelo está contaminado. Sin embargo, en el año 2007, hicimos un estudio y, de cien chicos, veinticinco tenían contaminación por plomo", detalla.

En los alrededores del río hay 105 basurales a cielo abierto, alimentados por la ciudad de Buenos Aires, que contribuye al cuadro tóxico de la zona con más de 5.200 toneladas de basura que todos los días viajan desde el centro hasta el conurbano. La contaminación por plomo produce retardo en el crecimiento, anemia, malnutrición y problemas en el aprendizaje. Y aunque la tasa de mortalidad infantil de la Ciudad de Buenos Aires es una de las más bajas del país, hay matices bastante profundos: mientras que en Recoleta la tasa de mortalidad es de 6,4 por mil, en Villa Lugano es de 10,8 y, acercándose al Riachuelo, la cifra aumenta a un 14,3.

Si uno pudiera hacer un zoom out y convertir todo esto en una foto lejana y satelital del Google Earth para identificar los principales conflictos ambientales de Argentina, además de la cuenca Matanza-Riachuelo, los focos tóxicos más urgentes son la contaminación de los ríos, los desmontes en el Chaco y Misiones, los basurales, la minería y los glaciares. Desde el norte de Córdoba hasta Salta, Santiago del Estero y Chaco, el avance de la soja y la ganadería ha reducido en un 70 por ciento la superficie boscosa del país. "El 50 por ciento de las plantas y animales del país están concentrados en esas zonas, y la tala indiscriminada ha provocado que animales como el yaguareté y el tatú carreta estén en peligro de extinción", asegura Hernán Giardini, coordinador de la campaña de Biodiversidad de Greenpeace. Además, los desmontes han obligado a pueblos que vivían en los bosques a desplazarse y alteraron la geografía al punto de provocar inundaciones y aludes como el que en febrero de 2009 arrasó con Tartagal, en Salta, cubriendo las casas y las calles con más de un metro de barro, porque los bosques ya no estaban ahí para absorber el agua.

En cuanto a la contaminación de las mineras, según Pablo Herrera, director de Conservación de la Fundación Vida Silvestre, el gran problema es el descontrol con el que trabajan. "Las leyes actuales son insuficientes y las que hay ninguna empresa las cumple. Todas, por ejemplo, deberían sacar un seguro ambiental antes de empezar las excavaciones y ninguna lo hace", explica. Además, para volver todavía más turbio el asunto, el secretario de Minería de la Nación, Jorge Mayoral, encargado de controlar el impacto ambiental de las explotaciones, tiene acciones en compañías mineras.

La pregunta, dentro de este cuadro de situación, es dónde entra la preocupación por el cambio climático, que además de la reconversión industrial implica el cuidado de los glaciares, cuyo derretimiento, aunque es un proceso natural, en los últimos años se ha acelerado peligrosamente, a la par del calentamiento global. La posición oficial de Argentina frente al conflicto, la que el secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, Homero Bibiloni, y el canciller Jorge Taiana expusieron en la fallida Cumbre de Copenhague, es que los países desarrollados -que se desarrollaron a partir de industrias que han colaborado sustancialmente con el aceleramiento del problema climático- tienen una deuda ambiental con los países del tercer mundo. "El 20 por ciento de los países son los responsables de haber generado el 80 por ciento de los gases de efecto invernadero. Por tal motivo, nuestro planteo ideológico es la cancelación de la deuda ambiental a través de fondos de adaptación", asegura Bibiloni.

Dentro del cuadro global, el aporte nacional es apenas del 0,5 por ciento y, a diferencia de las grandes potencias mundiales, no tiene que ver con la industrialización desenfrenada sino con las malas condiciones del parque automotor, sobre todo los transportes públicos. "Habría que empezar por ahí, porque vos no podés tomar acciones como si fueras un país desarrollado: no podés dejar de generar energía ni podés hacer los gastos para mejorar la tecnología, porque en países como el nuestro es condenar a la muerte a un montón de gente", asegura Guillermo Jorge, director ejecutivo de Green Cross. Para Cariboni, de Greenpeace, pensar así es una trampa. "Hay que empezar a desarrollar otras fuentes de energía, como la eólica, que en nuestro país tiene un potencial enorme", asegura.

Es un domingo horrible y Mercedes me espera en la esquina de La Boca para cruzar a la isla Maciel. Ibamos a encontrarnos el sábado al mediodía, pero todo el viernes diluvió con furia en Buenos Aires y a la mañana Mercedes me llamó para cancelar. "Acá está el barrio inundado y se cayó un árbol en la puerta de casa", me dijo. Uno se olvida: la lluvia no es la misma para todos. Puede ser un contratiempo para la salida del viernes a la noche, una bruma que interfiera el paisaje de la autopista o un metro de agua en el living de tu casa.

Mercedes tiene 25 años, mellizos que están aprendiendo a caminar y es lo más parecido a un cuadro político que hay en la isla Maciel. Vivió toda su vida en el barrio y desde los 18 milita en el movimiento Barrios de Pie, casi siempre en programas de alfabetización y apoyo escolar. Desde que se separó de su novio, vive en una casita alquilada en la isla por la que paga 300 pesos por mes. Dice que está buscando algo afuera, pero por un lugar parecido al que habita ahora, en La Boca le cobran 900.

Cruzamos en bote, desde La Boca, y alcanzan treinta remadas, treinta y cinco, para llegar a otro mundo. El viaje cuesta 1 peso por persona y, para la diferencia que hay entre una costa y la otra, dura la ridiculez de un minuto. La isla Maciel, junto a Dock Sud y Villa Inflamable, está sobre la desembocadura del Riachuelo, donde el río arrastra todo lo que trae y donde, además, está el Polo Petroquímico, en que se levantan unas cincuenta industrias entre petroleras, plantas de acopios de productos químicos y depósitos. Esta es la zona de la ciudad con más riesgo ambiental para la salud: si llegara a explotar, el poder destructivo alcanzaría los 10 megatones, 6 más que la bomba atómica en Hiroshima. Y, más concretamente: si en la Villa 20 el 25 por ciento de los chicos tienen plomo en la sangre, acá la estadística alcanza el 50 por ciento.

La primera imagen de la isla Maciel es de unos viejos colectivos abandonados y unas casas medio derrumbadas que dan a la costa, un cartel desteñido de helados Frigor en la pared de otra, que alguna vez habrá tenido un kiosco. Ahí nace Montaña, la calle principal del barrio. Mientras caminamos, el barrio parece un pueblo fantasma con gente que espía desde las ventanas. Hay casas de chapas como las de Caminito, algunas de material y otras levantadas con chapas y maderas. Isla Maciel parece una especie de pueblo abandonado, con casi nadie en las calles, dos o tres almacenes, tan lejos y tan cerca de la ciudad. Atravesamos la plaza hasta la iglesia Fátima y pasamos frente a la casa del padre Paco, que al lado de su viejo Dodge tiene una especie de mural de un hombre arrodillado, que será él, frente a una Virgen y en letras negras aclara: "Soy de la Virgen nomás". Y al lado, atada a las rejas de la ventana, una bandera azul y amarilla: de la Virgen y de Boca.

Las calles tienen diez centímetros de agua y, contra el cordón, flota un sapo panza arriba. Mientras Mercedes camina hundiendo sus sandalias en el agua, yo voy saltando de baldosa en baldosa con mis peores zapatillas para no mojarme. Estamos yendo a lo de Mirtha, una señora que trabaja en un comedor y que tiene a uno de sus hijos enfermo. Su casa queda al fondo de un baldío. Con una piedra, Mercedes golpea la puerta de la entrada y, al ratito, aparece Mirtha, que nos lleva para adentro: una casita levantada con unas chapas contra el paredón de una fábrica. Mirtha tiene 50 años, el pelo canoso cortado al ras de la cabeza y por momentos, cuando habla, todo se le pone negro, como si no supiera por dónde seguir. La cocina está afuera, bajo techito de madera, pero no tiene paredes. Sentado en un banquito, está comiendo un guiso uno de sus hijos, Leo, que tiene 5 años y un sarpullido en la cara. "Ahora le salieron unos granos en la cabeza por la mugre que hay, miren", dice y le tuerce la cabeza para mostrarnos. Leo, en esa posición, sigue comiendo sin prestarnos mucha atención.

El resto de la casa es un cuarto con cuatro camas, dos armarios y una tele con Los Simpson. "Acá, cuando sopla viento del sur, se siente el olor a pis de gato que viene del Polo", dice Mirtha. Para los habitantes de la isla Maciel y Dock Sud, la convivencia con las industrias petroquímicas y los gases que liberan es algo de todos los días. Antes vivían en una casita a tres cuadras, en la parte más baja del barrio, pero con las lluvias, las alcantarillas se tapaban y dice que el agua le llegaba hasta el cuello. La casa la levantó cuando todavía estaba con su esposo, pero dice que decidió separarse hace unos años porque tomaba mucho y se ponía violento. "Ahora trabajo en un comedor, gracias a Dios, y traigo todos los días comida. A mis otros chicos los llevé hace unos meses a la salita, porque tenían una tos que no se les iba y me dijeron que era bronquiolitis, por el aire que tenemos acá, pero nosotros no tenemos otro lugar a donde ir, imagínese. ¿Adónde vamos a ir?".

Por Juan Morris - Fotos de Fernando Gutierrez en Revista Rolling Stone

quienes son los principales contaminadores? miren esta nota de RS...

habra quien haga algo parecido de los principales contaminadores de la Argentina y de los complices politicos y funcionarios?

enero 17, 2010

Generación Y: ¿jóvenes atrapados en la adolescencia?. La Nacion

Tienen entre 18 y 30 años. Crecieron rodeados de tecnología, consumo y publicidad. No creen en el trabajo para toda la vida ni en la política, aunque la ecología logra movilizarlos. Cómo es y cómo ve el mundo esta generación hedonista, a veces díficil de decodificar
Raquel San Martin

Si usted hubiera crecido en medio del auge y caída del menemismo y hubiera visto a sus padres perder ahorros y trabajo en 2001, ¿creería en serle fiel a una empresa por toda la vida, ahorrar durante años para tener casa propia o acomodar el tiempo libre a lo que las horas de trabajo permiten? Si sus padres le ofrecieran casa, comida y libertad, ¿encararía el esfuerzo económico y personal de irse a vivir solo? Si hubiera crecido bombardeado por la publicidad y acostumbrado al consumo, ¿no pensaría que el teléfono móvil envejece en unos pocos meses y se negaría a pagar por lo que baja gratis de Internet desde que era un chico?

Mirados así, a la luz de preguntas de sentido común, los jóvenes de veintipico no parecen tan irracionales, inmaduros ni descomprometidos como los de generaciones mayores los suelen ver, con una mezcla de crítica y nostalgia que a veces no puede esconder una dosis de admiración y envidia.

Se trata de la Generación Y, los que hoy tienen entre 18 y 30 años -el corazón del grupo, dicen los sociólogos, está en los que tienen entre 22 y 28-, que siguen cronológicamente y desconciertan a los pragmáticos e individualistas miembros de la Generación X, hoy entre los 35 y 45 años. También se los llama "millennials", "generación Google" o "iGeneration", en referencia a la presencia ubicua de la tecnología en sus vidas, no como dispositivos útiles para alguna función, sino como una extensión vital de sus cuerpos, sus intereses y sus modos de informarse y divertirse.

Aunque la sociología, el sentido común y los organismos internacionales sigan prolongándoles la adolescencia (la Organización Mundial de la Salud la hace llegar a los 25 años), la Generación Y transita sus carreras universitarias y accede a sus trabajos, ambientes donde el estilo hedonista, impaciente y de atención múltiple causa no pocos choques con las expectativas de docentes y jefes que, por ejemplo, se siguen asombrando de que en una entrevista laboral el interés principal del candidato origine preguntas como: "¿Cuántas semanas de vacaciones tengo?", o que los comentarios en clase empiecen invariablemente con: "Yo opino que...".

La empresa de análisis de opinión pública Ipsos, de origen francés, realizó en 2009 en nuestro país un estudio cualitativo de la Generación Y, a pedido del IAE, la escuela de negocios que recibió la inquietud de empresarios y directivos de Recursos Humanos. ¿Qué hacer con jóvenes creativos y talentosos, pero que parecen poco dispuestos a "ponerse la camiseta" corporativa dócilmente? En una línea similar, hace dos años, la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) empezó a analizar a sus "millennials" para responder a las inquietudes de los profesores, y ese trabajo se tradujo en talleres, cuadernillos con consejos "para entenderlos" y un libro que está en camino: La generación emocional .

Ipsos trabajó a partir de grupos focales de jóvenes Y, entrevistas con miembros de la Generación X, complementados con un análisis cuantitativo, a partir de encuestas por Internet a ambos grupos.

Sus resultados dibujan una generación para la que el trabajo perdió su valor de estabilidad, que valora experimentar el consumo más que acumular bienes; jóvenes que quieren ser dueños de su propio tiempo, que aceptan la diversidad de buen grado, que arman sus salidas improvisando y sobre la marcha, que quieren ser reconocidos como adultos sin dejar la casa de sus padres, que desprecian la política tradicional pero se embarcan con ganas en causas ecológicas y solidarias. Jóvenes hijos del capitalismo triunfante, para quienes la caída del Muro de Berlín es más un tema de History Channel que un recuerdo. Jóvenes más libres, pero con menos seguridades.

"Cada uno siente que es libre para ir armando su propia biografía, pero con menos certidumbres. Es un mundo que ya no tiene aquellas estructuras que daban seguridad, sobre todo el trabajo", coincidió ante LA NACION Ana Miranda, coordinadora académica del Programa de Juventud de Flacso e investigadora del Conicet.

En la Argentina, la Generación Y representa el 22 por ciento de la población, y la paridad de género entre ellos es un hecho: el 52 por ciento son mujeres y el 48 por ciento son varones. Sin embargo, una aclaración se impone. En países desiguales como la Argentina, el grupo que es retratado por estas características es el que pertenece a una franja socioeconómica media y media alta, con un capital económico y educativo que le permite, por ejemplo, cambiar de trabajo, postergar la salida de la casa paterna hasta terminar la maestría o emprender un viaje exploratorio por Asia.

Este grupo, sin embargo -que según algunos investigadores no superaría el 20 por ciento de los jóvenes de veintipico argentinos- forma parte de un fenómeno global, que en Europa y Estados Unidos se caracteriza con la instalación de los llamados "valores posmateriales", que priorizan la autonomía, la autoexpresión y la calidad de vida por sobre la satisfacción de necesidades materiales, que se dan por sentadas. Como ha señalado el cientista político norteamericano Ronald Inglehart, de la Universidad de Michigan, que trabaja el tema desde los 70: "este cambio responde a la modificación de las condiciones existenciales, de crecer con el sentimiento de que la supervivencia es precaria a hacerlo con la sensación de que está garantizada".

Muchas de las características que recogió Ipsos en su estudio, y los que la UADE define en los suyos, identifican al miembro de la Generación Y con un adolescente, que rechaza la autoridad y hace planteos emocionales aun en el trabajo. "La mayor esperanza de vida genera una modificación del ciclo vital. Hoy, después de la tercera edad, hay una cuarta, y en el otro extremo también se extienden otras etapas antes no socialmente habilitadas", describió Miranda.

Según rastreó Ipsos, el trabajo es una de las áreas en las que más claramente se ve la diferencia entre los X y los Y. "Un X se define por su trabajo y a través de lo que hace. Quieren seguir aprendiendo, planifican una carrera, aceptan el statu quo. Para un Y, el trabajo es lo que le permite llegar a lo que quiere, que suele ser la libertad personal y el placer. Por eso, repiensan su empleo cada tanto y están dispuestos a cambiarlo si no se ajusta a sus expectativas", analizó Luis Montesano, director cualitativo de Ipsos.

Así, si un X afirma que "el trabajo es un aspecto fundamental en la realización de una persona", un Y estaría más inclinado a afirmar: "El trabajo me permite tener mis cosas" o "lo necesito para vivir pero lo primordial es sentirme cómodo". Por eso, si un X es paciente mientras "crece" en su empleo, el Y tiene otros planes. "A los 40 no voy a querer estar donde estoy ahora. Me gusta la repostería"; "No quiero el estilo de vida de los 40 y pico. Trabajan desde las 8 de la mañana hasta las 12 de la noche", o "Yo les diría a mis jefes: ´comprate una vida´", según recogió Ipsos.

Hay quienes detectan diferencias según el área de la industria de que se trate. "Esto es más cierto en áreas económicas en expansión, como la tecnología y la informática, donde sí la rotación es más alta y los jóvenes consiguen sus trabajos con más facilidad", apuntó Martín Cuesta, director del Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades de la UADE y coordinador del trabajo sobre los "millennials".

La inmediatez ante todo

La familia representa para ellos un eje central, pero de modo bien diferente del de sus antecesores. "Están cómodos en la casa de sus padres. Para ellos, la adultez no tiene que ver con la independencia. Están formateados hacia la inmediatez, y por eso les cuesta ver el beneficio más allá de un esfuerzo. No quieren atravesar pérdidas", evaluó Montesano. Algunos investigadores señalan que los padres juegan su parte en esto. "Somos otros adultos. Hoy no es tan necesario pensar en una ruptura tan fuerte entre padres e hijos como en generaciones anteriores", comentó Miranda.

La amistad también es un valor Y, pero con una mirada ambivalente. Por un lado, los amigos cercanos -el club, la escuela, la universidad-, pero también los cientos de contactos en Facebook. "Si la Generación X usa Facebook para reencontrar a sus conocidos, los Y acumulan contactos a quienes hablan, ignoran o bloquean según su preferencia", analizó Montesano. En el tiempo libre, la ausencia de un plan definido es un sinónimo de libertad y disfrute: "Estaba chateando a la una de la mañana y pintó algo que hacer". La mirada sobre la pareja es funcional, postergada para un más adelante impreciso. "Primero hay que viajar, terminar los estudios, gastar plata en ellos mismos", dijo Montesano.

La relación con el dinero también se ve transformada. Si para un X representa seguridad y futuro, para un Y es posibilidad de disfrute inmediato: "Quiero ir a Tailandia"; "Me lo gasto en chocolate"; "Lo gasto en mí". Permite, además, viajar, una experiencia central en el imaginario de los de veintipico, pero con algunas condiciones. "Si un X aspira a conocer París, Londres o Nueva York, un Y quiere ir a China y tener la experiencia de ser otro".

Es un lugar común calificar a esta generación como "nativos digitales", para reflejar el significado esencial que tiene para ellos la tecnología, a la que no pueden separar de sus vidas ni de sus funciones: es comunicación, es diversión personalizada y móvil y, sobre todo, debe ser exhibible. La estética de los aparatos que usan es central, algo que las empresas que los producen tienen muy claro. Sin embargo, no es una generación a la que la publicidad la convenza fácil, porque a fuerza de escuchar sus apelaciones ubicuas, ya no le creen. "Nacieron rodeados de publicidad, se saben buscados, saben que hay sobrepromesa en el mercado y conocen más esos trucos. Para ellos, marketing es sinónimo de mentira y no están dispuestos a pagar por lo que se puede tener gratis", dijo Montesano.

¿Se convertirán los Y en X cuando crezcan? Hacer un pronóstico es complicado, porque, como dice Inglehart, "el cambio intergeneracional es lento" y porque, como señaló Miranda, "las sociedades cambian un poco y se reproducen un poco". Sin embargo, algunos cambios de fondo habrían llegado para quedarse. "El rol del trabajo, la exploración de múltiples estímulos, la exhibición de la vida privada y el poder sobre el propio tiempo van a quedar", arriesgó Montesano.

Quizás haya sido la antropóloga Margaret Mead la que tempranamente mejor caracterizó la brecha generacional. En 1970, escribió que este desconcierto aparece cuando "no hay adultos que sepan más que los mismos jóvenes acerca de los que éstos experimentan".

© LA NACION



diciembre 22, 2009

Clase media Un juguete para sociólogos por T. Abraham

La clase media es un juguete ideológico para sociólogos. En ella pueden volcar todos los lugares comunes del sentimiento crítico. Odiar a la clase media es un placer que se da la clase media.

La clase media es un juguete ideológico para sociólogos. En ella pueden volcar todos los lugares comunes del sentimiento crítico. Odiar a la clase media es un placer que se da la clase media. La supuesta lucidez de la ciencia social no impide que su portador participe de los valores de la clase denostada. ¿Cuáles son los valores típicos de la clase media? Oficio o profesión estable, vivienda propia, educación superior y, claro, servicio de salud garantizado. Lo que esta clase pretende es entonces lo que quiere todo el mundo, en especial la clase obrera y los sociólogos.

Se acusa a la clase media de mezquindad. Sin duda, los valores mencionados derivan de una necesidad de seguridad individual y pueden hacer creer que a un miembro de esta clase poco le importan sus prójimos, en especial los que sufren.

Pero no hay que apresurarse con estas afirmaciones, ya que la clase media ha sabido congregarse y compartir con fervor valores colectivos. La historia del nazismo y de los fascismos en sus variantes rojas y negras son una prueba histórica de este hecho. Además, la filantropía es un fenómeno masivo de la clase media; basta ver el desarrollo del llamado “tercer sector”.

Se dice que la clase media desprecia a quienes estima inferiores como a los obreros, a los criollos, al cabecita negra, al piquetero. Es cierto, en la cultura burguesa europea del pasado lo “ordinario” era lo degradado y, por lo general, estaba representado por el campesinado. Sin embargo, este racismo es transversal y adscribible a todas las clases sociales. No porque forme parte de la naturaleza humana sino porque es frecuente que exista en las organizaciones un chivo emisario que purgue al conjunto. Un obrero bonaerense desprecia a un santiagueño y un zafrero tucumano a otro boliviano, y un mulato a un negro, un afroamericano a un nigeriano, un mestizo a un aborigen y un judío alemán a un judío polaco y éste a otro siriolibanés. Creer que la clase media monopoliza el desprecio social es ignorar el funcionamiento de las sociedades y el hecho de que los pobres empleados –símbolo de la clase media– han sido humillados hasta el servilismo por las estructuras de poder.

Viene bien hablar mal de la clase media y justificarlo con la afirmación de que estuvo del lado de la Libertadora y del Proceso, siempre contra el pueblo y vestida de gorila. También se debe reconocer que las formaciones guerrilleras surgieron del mismo estamento, así como la oficialidad represora. Hoy, este odio se ha rejuvenecido con la aparición de los rubios y su casillero contrastado por los negros.

Pero en verdad, la clase media no existe más. Por una razón sencilla calculada en pesos. El piso para pertenecer a la clase media es de unos seis mil pesos mensuales para una familia nuclear con dos hijos. No hablamos de una clase media del primer mundo para la que el auto, una playa por quince días y los enseres electrónicos son parte de la canasta básica, sino la de una del tercer mundo que de la suma indicada gasta el 35% en un crédito para la vivienda o alquiler más servicios, otro 30% en alimentos y el resto en educación y pocos esparcimientos. Este piso mínimo en realidad insuficiente exige un ingreso que tienen pocos argentinos.

Si hablamos de las nuevas generaciones, los que tienen unos veinte años o algo más, el futuro no les es más promisorio. Conseguir un trabajo con un sueldo de unos cuatro mil pesos es sumamente complicado y casi un milagro de mercado y un salario común apenas supera el costo de un alquiler. Si agregamos que hoy la condición laboral es casi por definición precaria, que su transitoriedad es regla y que la flexibilidad con la correspondiente tercerización es un fenómeno general, el deseo de estabilidad laboral e identidad profesional tiene pocas probalidades de llevarse a cabo. Por lo que el deseo tradicional de progreso económico y movilidad social está frustrado. Los miembros jóvenes de las capas medias que viven más o menos bien lo hacen gracias al patrimonio acumulado por generaciones anteriores.

Hay quienes desprecian a la clase media porque es poco artística. Este tipo de pedantería corre más por cuenta de aficionados a las letras y las artes que de los cientistas sociales. Elogian lo que llaman la cultura popular, sus raíces carnavalescas y callejeras y atacan sin merced a la cultura de masas representadas por la televisión cuyo apodo reciente se llama “tinellización” que, por supuesto, tiene cautivo a su público predilecto que nuevamente es la pobre clase media sentada en el living de su casa.

Hubo muchos intentos de imaginar una sociedad de clase media. La utopía liberal era la de una clase media conformada por pequeños propietarios. Las ideas que van desde la filosofía de Locke a las teorías de Adam Smith y el contrato social de Rousseau fueron pensadas para una sociedad de clase media con una distribución equitativa de bienes. Cuando el mundo corporativo del gran capitalismo mostró que esta sociedad de almaceneros no era posible, se pensó que las sociedades anónimas eran el sustituto actualizado para concretar el mismo sueño. Una colectividad de accionistas que por medio de papeles de riesgo administran sus ahorros.

Es posible que la última crisis financiera ponga en cuestión este modelo, aunque no se ve en el horizonte uno nuevo. El sueño del empleado público que también es un derivado de la clase media tiene sus problemas. La estabilidad de por vida, las compensaciones gremiales que equilibran sueldos mediocres y el poder corporativo duran lo que dura el superávit hasta una próxima hiperinflación o licuación de salarios, como sucedió en nuestro país en 1975, 1980, 1989 y en 2001.

Conformista, racista, mediocre por definición, trepadora, mezquina, esclava de la plata dulce, sólo rebelde ante corralitos y cacerolera ante cortes de calles, rubia con sentimiento de inseguridad, la clase media no se fue al paraíso y no sale del infierno sin siquiera llegar al purgatorio. En realidad, este odio que no es de clase, ya que no proviene ni del proletariado ni de los excluidos sino de las capas medias, es parte de lo que con talento el profesor Harold Bloom ha llamado “cultura del resentimiento”. ¿En qué consiste? En buscar la miseria detrás de la grandeza. Violencia de género, racismo, imperialismo son parte de todas la bajezas que un espíritu supuestamente emancipado y libertario puede descubrir para solaz de sus colegas. El espíritu de sospecha es ávido y vampiresco. No le alcanza la carne del presente. Un Aristóteles esclavista, Sarmiento genocida, Conrad colonialista, Marx antisemita, Salgari machista, la lista de la historia universal puede ser interminable pero se reduce a una única incapacidad: la de admirar. El que padece este afán de revancha no puede admirar. No se trata meramente de envidia, sino de la necesidad de empequeñecerlo todo para que no quede nada superior, hacer de todo un lodo porque así es posible destacarse en el chapoteo universal y el que más patalea en el barro de la historia sobrevive. La clase media es un trofeo algo deshecho de esta cruzada.

*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).



diciembre 14, 2009

Copenhague 2009 Por Marcelo Rodriguez

La reunión de Copenhague renueva las expectativas de evitar el Apocalipsis climático, que esta vez, a diferencia del año 1000, la guerra nuclear –el enfriamiento global–, el Y2K, apocalipsis de otros tiempos ya olvidados, parece ser una amenaza cierta. Bueno, aquí Marcelo Rodríguez cuenta, a vuelo de pájaro, lo que los nuevos apóstoles de la salvación humana están discutiendo en la lejana (para nosotros) Dinamarca.  
Fundada o no, la impresión común sobre la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático –COP-15– que se está realizando hasta el 18 de diciembre en la capital danesa gira alrededor de una idea: la de una gran oportunidad de salvar al planeta del colapso. Casi nada. No hace falta mucha matemática para calcular la expectativa que carga este encuentro, del que participan unas 15 mil personas de casi todos los países.
Algo genera más expectativa aún: a diferencia de lo que sucedió en el Protocolo de Kioto, el anterior acuerdo para reducir los gases que generan el efecto invernadero a nivel planetario –firmado en 1997 y vigente hasta 2012–, esta vez también participa Estados Unidos, que junto con China y la India son los mayores emisores mundiales de esos gases, fundamentalmente dióxido de carbono, metano y óxido nitroso. ¿Cuál será su forma de asumir la responsabilidad en el calentamiento global?
El primer límite realista es que, por tal circunstancia, muchos se conformarán con hacerles poner la firma en un acuerdo que sea vinculante, es decir: que obligue a los firmantes bajo pena de sanción a cumplir con las resoluciones que se deriven de estas discusiones. ¿Cuánto bajarán las exigencias de tal acuerdo en caso de que se logre, tan sólo por lograr esas firmas? Es otra de las grandes incógnitas.
¿Quiénes discuten en Copenhague? En principio, cada uno de los gobiernos de más de 190 países designaron su comitiva de representantes: embajadores, legisladores, diplomáticos. Cuando Barack Obama anunció su presencia en Dinamarca pareció hacerse carne la idea de que la cosa iba en serio, y empezaron a anotarse varios otros primeros mandatarios, entre ellos Lula da Silva y Cristina Fernández.
Los representantes oficiales serán quienes negocien y firmen los acuerdos. Y volverán, cada uno a su país, a hacer números. Pero también forman parte de la tropa los grupos de expertos, que están haciendo de apoyo para debatir los aspectos técnicos de cada posible medida o acuerdo cuya implementación se estudie, basados –en general– en los cálculos de los científicos del IPCC, que tienen evaluadas las posibles consecuencias del cambio climático en curso ante cada escenario de crecimiento económico y de recambio hacia energías "limpias".
Y además los integrantes de la sociedad civil, a través de asociaciones ambientalistas y sociales y otras organizaciones no gubernamentales, también tienen su lugar en la COP-15 en carácter de veedores. Y ésta es una de las razones por las que la militancia ecologista en todo el mundo le confiere cierta legitimidad a este encuentro, al que apuesta más fichas que a los realizados por la Organización Mundial del Comercio o la OCDE –el club de los 20 países más ricos–, que sólo dejan la protesta como forma de participación. Los daneses, igualmente y por las dudas, no dejaron de anunciar a los potenciales troublemakers lo cómodos que son los calabozos de la tierra del filósofo Kierkegaard y del príncipe Hamlet para pasar la Navidad, el Año Nuevo y hasta enero, all inclusive.
El austríaco Yvo de Boer describió los que serían para él, como secretario ejecutivo de la Unfccc, que es el Convenio Marco de la ONU para el Cambio Climático, los imperativos categóricos de este encuentro en Copenhague: regular la emisión de gases de efecto invernadero, especialmente en los países con crecimiento más acelerado (India y China aumentaron entre 100 y 150 por ciento sus emisiones en 15 años) y discutir cómo financiar tanto el recambio energético hacia tecnologías "verdes" como la mitigación del impacto ecológico –y de rebote, el impacto social y humano– del cambio climático en los países pobres.
Los números que se manejan como posibles objetivos (lo reconocen casi todos) son arbitrarios. Reducir para el año 2020 un 40% la emisión de gases de efecto invernadero respecto de los valores de 1990. O sea, grosso modo: que Estados Unidos, por ejemplo, tome la decisión de quemar un 40% menos de petróleo y que, si no está dispuesto a restringir su consumo energético, convierta en esta década que se inicia casi la mitad de su energía en energía limpia y renovable (siguiendo a rajatabla el Protocolo de Kioto, Dinamarca habría logrado una reducción del 19%). Que la proporción de gases tóxicos en la atmósfera no pase de 450 partes por millón para el año 2050, lo cual si se hace caso de las proyecciones del IPCC respecto de las consecuencias para la vida de las especies (incluido el hombre) y los ecosistemas sería un resultado de por sí poco pretencioso.
Con respecto al calentamiento global, el número que el sentido común imperante en Copenhague baraja como meta es que la temperatura promedio del planeta no suba más de 2ºC en este siglo XXI. Sin embargo, según el IPCC, la temperatura ya subió un grado desde el inicio de la Revolución Industrial hace 200 años, y habría 0,8ºC más de aumento asegurado sólo por los gases de efecto invernadero que ya se han liberado a la atmósfera, porque su efecto es retardado. O sea: si cesara toda la actividad económica mundial, ya estaríamos casi al límite. Son infinitas las conjeturas y especulaciones que pueden hacerse acerca de esta sensación de que se entra al partido perdiendo por goleada. Hay quienes aseguran que incluso la idea de acabar con el capitalismo sería menos ambiciosa que ganar este partido.
Esos objetivos de la COP-15 vienen prefigurándose desde el encuentro del Unfccc hecho en el 2007 en Bali, que fue su preparativo directo. Y un punto interesante es que esta conceptualización supone un cambio. Porque en el Protocolo de Kioto había sólo dos tipos de países: los "desarrollados", o responsables máximos del calentamiento global por su proceso de industrialización, y los países "en desarrollo", víctimas de las consecuencias.
Pero en la COP-15 ya se adelantó el cambio de esa tesitura por la impronta de que, aun teniendo en cuenta los grados de responsabilidad, "todos somos responsables". ¿Cómo "convencerán" a China y a la India de frenar su ritmo de crecimiento? Las grandes naciones industrializadas deberían reducir sus emisiones pero también, sobre todo, financiar la transferencia tecnológica a los países más pobres para crecer y desarrollarse sobre la base de formas de energía "verde", amortizar los daños económicos que implicaría parar la deforestación –y en esto países como Brasil o Perú irían a la cabeza de ciertas responsabilidades, independientemente de su carácter de "ricos" o "pobres"– y mitigar las consecuencias sociales de los inminentes daños al ecosistema.
Un dato quizás auspicioso: hay cálculos difundidos por la ONG Greenpeace que ubican esta ayuda de dinero necesaria para los países menos desarrollados en unos 140 mil millones de dólares anuales: es mucho menos de lo que invirtió el gobierno estadounidense este año (700 mil millones) para salvar al sistema bancario de su crisis.
Pero tiene sus bemoles esta posible nueva forma de relación entre las naciones. Por ejemplo: las clases gobernantes de los países más pobres del planeta, ¿son tan pobres también? ¿No tienen, acaso, nada que ver en el empobrecimiento sistemático de sus pueblos? Pero suponiendo que sí tuvieran que ver, ¿habilitaría eso a una suerte de "gobierno global" a digitar las decisiones de gobierno de los países subsidiados en nombre de "la salvación del planeta", para que esos subsidios –destinados en gran parte nada menos que a cambiar la matriz energética– se ejecuten según lo estipulado? Sean cuales fueren los resultados de la COP-15 –y en pocos días seguramente habrá interpretaciones muy diferentes acerca de si fue un éxito o si fue un fracaso–, el mundo que se viene después de Copenhague tampoco será un mundo sencillo.

Crecer desde abajo

Los pequeños emprendimientos que se consolidan a partir de proyectos innovadores son clave en la trama productiva y han mostrado mayor capacidad de adaptación a las crisis. Los especialistas remarcan la necesidad de alentar estas iniciativas y destacan el caso de las cooperativas.
Las cooperativas que guían su accionar sobre la base de valores y principios solidarios, centrándose en la satisfacción de las necesidades de las personas, han resultado ser relativamente más resistentes a la actual crisis internacional que las empresas cuyo fin es el lucro. Tal como ocurre en nuestro país desde fines de la década del noventa, se reconoce además su contribución a la creación de empleos decentes, la movilización de recursos y la generación de inversiones, mitigando los efectos de las crisis.
El Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (Inaes) da cuenta de que casi dos tercios de las 14.679 cooperativas registradas hoy en la Argentina, están relacionadas con el trabajo. Le siguen las de vivienda y construcción (10 por ciento), consumo y provisión (8), agropecuarias (6,5), de servicios públicos (6) y de créditos y seguros (5). Casi 10.200 de aquel total se registraron en los últimos 6 años, de las cuales más de 8000 son cooperativas de trabajo. En conjunto, el sector genera aproximadamente el 9 por ciento del PIB.
Más allá de las cifras, el desarrollo de las cooperativas –en tanto empresas y movimientos sociales– está siempre ligado al contexto institucional y económico en el que deben desenvolverse. Al mismo tiempo, persiguen cumplir con una función correctiva o transformadora de la realidad, por lo que actúan modificando ese contexto. En tanto movimiento social, las relaciones de tipo horizontal que se dan entre sus asociados se potencian en las múltiples relaciones que cada uno de ellos establece con otros miembros de la comunidad, creando un terreno fértil para el desarrollo local de relaciones y prácticas participativas y democráticas.
Pocas veces el desarrollo de esa red social cuenta con el visto bueno estatal, y cuando el neoliberalismo instala sus valores en la cultura dominante, las transforma en un potencial enemigo. En tanto empresas sin fines de lucro, las cooperativas operan –compitiendo en el mercado– con las ventajas que les dan sus características distintivas: voluntariedad, autogestión, reciprocidad, territorialidad y sentido de pertenencia. Como contrapartida, suelen tener que enfrentarse a una normativa legal que no está orientada a que esas ventajas puedan desarrollarse y que en períodos de auge de políticas neoliberales entra directamente en contradicción con las mismas.
Es por eso que el cambio en la actitud del Estado hacia el cooperativismo, expresado en los últimos años, es auspicioso. Abre nuevas posibilidades y desafíos para el sector, al tiempo que lo impulsa a continuar y profundizar los reclamos y a ocupar espacios concretos de poder desde los cuales incidir en las políticas públicas, constituyéndose en una herramienta de transformación social. Para eso, el movimiento cooperativo debería sumar a su tradicional integración institucional federativa, la interacción económica, avanzando en emprendimientos empresariales conjuntos como la utilización recíproca de servicios y el desarrollo de proyectos comunes.
Entre los reclamos específicos, se destacan: creación de órganos locales en materia cooperativa en las provincias donde no los hay; elevar la jerarquía institucional del organismo nacional que regule y establezca estrategias para el sector; reconocimiento estatal de la peculiar situación jurídica, económica y social de las cooperativas de servicios públicos; ley nacional de expropiación y modificación de la ley de quiebras para las empresas recuperadas. A éstos se suma la necesidad de modificar la normativa que regula algunas áreas particularmente sensibles, como el sector financiero. Se solicita también la incorporación, en una futura reforma constitucional, del reconocimiento expreso de la función económica y social que cumplen las cooperativas. Tal como se dio en los últimos procesos de reforma constitucional latinoamericanos, desarrollados en Bolivia, Ecuador y Venezuela.
En ese contexto, el cooperativismo de trabajo merece especial consideración. El reciente Plan Ingreso Social con Trabajo, en tanto apunta no sólo a resolver la desocupación e informalidad laboral, sino a que la gente se organice socialmente para combatir la pobreza, refleja un importante esfuerzo del gobierno nacional. Presenta, sin embargo, el riesgo de que las cooperativas actúen como pasivos instrumentos de contención social, desnaturalizando su carácter autónomo y transformador. Por eso el desafío para el movimiento cooperativo es acompañarlas en un camino que les permita despegarse gradualmente del Estado y promueva una participación real y efectiva de sus asociados, consolidando su carácter autogestivo a partir de la sustentabilidad económica.
* Coordinador del Departamento de Cooperativismo del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

Un experimento en Estados Unidos confirma la "teoría" de las ventanas rotas - Información Gral - LaCapital.com.ar

Un experimento en Estados Unidos confirma la "teoría" de las ventanas rotas - Información Gral - LaCapital.com.ar
Si la ventana de un edificio aparece rota y no es arreglada con premura, no pasará mucho tiempo para que el resto de los cristales corran la misma suerte. ¿Por qué sucede esto?

Es un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. La prueba consistió en dejar un auto en la calle sin las patentes y con las puertas abiertas, y esperar a ver qué ocurría.
Zimbardo abandonó un coche en las descuidadas calles del Bronx de Nueva York con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas, y esperó a ver que sucedía.
Pasaron tan solo diez minutos y comenzaron a robar sus componentes, mientras que tres días más tarde no quedaba nada que tenga valor. Luego de esto, lo que quedaba del vehículo empezó a ser destrozado.
La segunda parte del experimento consistió en dejar un vehículo en condiciones parecidas en un barrio rico de Palo Alto, California. Allí no pasó nada y el auto estuvo intacto durante una semana. Zimbardo decidió hacer algunos pequeños destrozos al vehículo y esa fue la "señal" para que los honrados vecinos californianos hagan lo mismo que los del Bronx: comenzaron a saquearlo.
Argandoña explica que este experimiento dio paso a la teoría de las "ventanas rotas", elaborada por James Wilson y George Kelling: si la ventana de un edificio aparece rota y no es arreglada con premura, no pasará mucho tiempo para que el resto de los cristales corran la misma suerte.
¿Cuál sería la explicación? Seguramente es divertido romper cristales, pero principalmente la razón es que la primera ventana rota deja un mensaje: "Aquí no hay nadie que cuide de esto".
El ejemplo puede trasladarse a las pintadas en las paredes, ya que es muy común que cuando un grafiti permanece mucho tiempo, inmediatamente la pared se ve "decorada" con muchos más. Igual sucede con la limpieza en las calles y el cuidado de los jardines.
"El mensaje es claro: una vez que se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse, a menudo a una velocidad sorprendente. Las conductas incivilizadas se contagian", da cuenta Argandoña, profesor de Economía del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, en una columna de opinión publicada hace pocos años en el diario El País.
El español cita el trabajo de Wilson y Kelling: "Muchos ciudadanos pensarán que el crimen, sobre todo el crimen violento, se multiplica y, consiguientemente, modificarán su conducta. Usarán las calles con menos frecuencia y, cuando lo hagan, se mantendrán alejados de los otros, moviéndose rápidamente, sin mirar ni hablarles. No querrán implicarse con ellos. Para algunos, esa atomización creciente no será relevante, pero lo será para otros, que obtienen satisfacciones de esa relación con los demás. Para ellos, el barrio dejará de existir, excepto en lo que refiere a algunos amigos fiables con los que estarán dispuestos a reunirse".
Según Argandoña, el análisis es factible de ser llevado a muchas otras facetas de la vida social o el ámbito empresarial. El descuido de normas éticas o irregularidades menores llevará inevitablemente a un efecto en cadena casi irreversible.
El camino para no caer en estas prácticas sería recuperar "las conductas cívicas y morales en la familia, en la empresa, en el club deportivo, en la ciudad, en los medios de comunicación, etcétera".
Argandoña cierra su columna con citas de Kant -"Actúa siempre de modo que tu conducta pueda ser considerada una regla universal"- y de Aristóteles -"Esas conductas nos empeoran a nosotros mismos como personas"-, y deja un mensaje para reflexionar: "Si no quieres ser mentiroso, no digas la primera mentira, porque... la próxima vez será más fácil".


noviembre 19, 2009

un interesante analisis de la "manera argentina" de vivir en democracia

Decálogo de la anomia argentina. Cuando una democracia se desorganiza 

Eduardo Fidanza  Para LA NACION

Entre nosotros se ha abusado de la palabra anomia -un término acuñado por la sociología clásica- hasta convertirla en un tópico. Anomia significa ausencia de normas para regular la vida social. Sin duda su popularización -las palabras no son neutrales- es un síntoma de nuestra sociedad, que con sus comportamientos nos obliga a recaer una y otra vez en ella.  Sobre la anomia argentina escribió páginas ya clásicas Carlos Nino, cuyo concepto de "anomia boba" designa un tipo de inobservancia de la ley que no favorece a nadie y genera altos niveles de ineficiencia. La anomia que me interesa destacar, no obstante, es la que se produce por una falla estructural de la clase dirigente. Se manifiesta como un fracaso en el ejercicio de la autoridad y afecta las percepciones y los comportamientos. Se trata de una patología que se contagia del poder y se transmite a los grupos sociales. Su víctima es la gente común. Los victimarios, aquellos que ocupan posiciones de poder. La anomia boba perjudica a todos, la anomia a la que me refiero somete a la sociedad en beneficio de sus elites.

Mi descripción de la anomia argentina consta de diez rasgos o factores.

El primero, y acaso el más grave, lo definió Tulio Halperín Donghi, uno de nuestros mejores historiadores, cuando concluyó: "Si hay un rasgo que caracteriza la vida política argentina es la recíproca denegación de legitimidad de las fuerzas que en ella se enfrentan, agravada porque éstas no coinciden ni aun en los criterios aplicables para reconocer esa legitimidad". Denegar legitimidad significa descalificar por completo al que piensa distinto. Y suponer que si prevaleciera, sólo atendería a sus intereses y dañaría al conjunto. No caben aquí la contraposición de ideas ni el intento de establecer acuerdos mínimos. La razón es un trágico leitmotiv de la cultura política argentina: cada uno percibe al que piensa distinto como un enemigo, no como un adversario.

El segundo factor, que es consecuencia del anterior, lo llamaré demarcación de territorios. Las elites argentinas, como los animales domésticos, fijan obsesivamente los límites de sus espacios de acción y pretenden reinar allí sin intromisiones ni límites. Amos de sus cotos, los líderes sectoriales construyen una leyenda edificante destinada a encubrir sus intereses. Lo que, hasta cierto punto, podría considerarse un efecto normal de la división del trabajo adquiere en la Argentina un carácter sofocante: la demarcación de territorios anula cualquier espacio compartido. Nuestras elites pretenden apropiarse de toda la renta, simbólica o material, sin contribuir al patrimonio común.

El tercer rasgo es el desacople entre poder y autoridad. Como nadie le reconoce legitimidad al otro, en la Argentina cada sector se dedica a ejercer el poder. El poder sin legitimidad se reduce a la pura fuerza. Hay que ser prepotente, avanzar, apretar, atropellar, ocupar espacios, depredar. La barra brava, el piquete y la patota simbolizan esas conductas, pero no hay que engañarse: existen en las canchas de fútbol y en las calles como en los salones y despachos más influyentes. Con cuidados argumentos o con palos, los argentinos buscan imponerse unos a otros por la fuerza. Pocas veces prevalecen la moderación y la autoridad.

El cuarto factor es la falta de consenso respecto del perfil institucional del país. La clase dirigente argentina no se pone de acuerdo acerca de qué tipo de instituciones habrán de regir la sociedad. Aquí se manifiesta la ausencia de criterios de la que hablaba Halperín. Desde hace 25 años acatamos formalmente la democracia, pero no deja de corroernos la disputa acerca de cuáles deberán ser sus características y acentos. Esa divergencia, que involucra aspectos económicos y políticos, puede rastrearse ya en los siglos XIX y XX, cuando unos plantearon la contradicción entre civilización y barbarie, y otros, entre pueblo y oligarquía.

El quinto rasgo es la utilización del Estado para fines partidarios. Este fenómeno, que es una tentación irresistible en cualquier sistema político, alcanzó en la Argentina niveles intolerables. Implica, como tantas veces se ha repetido, una confusión entre Estado, gobierno y partido. Llegar al gobierno supone apropiarse del Estado y usarlo como instrumento arbitrario de acumulación de poder. Esta malversación de la función estatal, convertida en costumbre y fuera de todo control, tiene efectos devastadores para la cultura pública. Tratemos de convencer a un votante común de que los políticos que debe elegir cumplirán su papel atendiendo al interés general y no al de su propio sector. Nadie nos va a creer.

El sexto rasgo deriva del anterior. Es la deserción del Estado de sus funciones básicas. Hace 20 años que nuestra clase dirigente discute si el Estado debe intervenir activamente en la economía o debe limitarse a garantizar servicios esenciales, como salud, educación, seguridad, justicia y defensa. Pues bien: tuvimos una década para cada posición; al cabo, el Estado sigue demostrando ser un pésimo administrador de empresas y un ente fracasado para asegurar los bienes públicos. La gente sufre cada día la ausencia del Estado. Se siente desprotegida. Intentemos convencerla de que no se repliegue, de que no se enfurezca, de que no se deprima, de que no se asuste o de que no recurra a medios ilegales para alcanzar sus objetivos. Será inútil: dirán, como se dice en la calle, "no nos queda otra".

La séptima característica es la fragmentación y pérdida de identidad de las fuerzas políticas. La decadencia de los partidos, el uso arbitrario del poder estatal, las máscaras del peronismo, los problemas del radicalismo para gobernar, la inexistencia de una derecha y una izquierda presentables, entre otros infortunios, produjeron a la vez la atomización y la disolución de las identidades políticas. Como escribió Carlos Pagni hace unos días en este diario, la política argentina se organiza hoy en torno a ejes temáticos de coyuntura, no según la pertenencia a organizaciones con programas y proyectos. Esto es fuente de una enorme confusión. Y un campo propicio para manipular las voluntades. La gente no entiende este desbarajuste ni quiere hacer el esfuerzo para comprender, porque ya no le importa.

El octavo factor es el autismo. Las elites argentinas, enfrascadas en sus luchas facciosas, perdieron la noción de que viven en una región del mundo que, aun con sus graves problemas, considera una pérdida de tiempo (si no una imbecilidad) vivir dilapidando oportunidades, debatiendo temas del pasado, practicando la desunión y dando la espalda a la realidad internacional. El resultado es deplorable: nuestros vecinos progresan y maduran, respetan y apoyan a sus presidentes, preservan consensos básicos, ganan prestigio. Nosotros ya no somos un socio confiable para ellos. Participamos del protocolo, pero cada vez menos de la confianza y los negocios. La anomia política es una extravagancia que el mundo no está en condiciones de tolerar.

La novena característica es la desigualdad. Es cierto que trata de un problema mundial de difícil solución, pero la Argentina es el país de la región que se volvió más desigual en menos tiempo. Conserva aún altos índices relativos de desarrollo humano, aunque pierde terreno con rapidez. Y muestra un aumento notable de la mortalidad infantil y de otros indicadores similares. Cuando las elites se desentienden de la desigualdad o se acuerdan de ella en ocasiones, se generan resentimiento, frustración y violencia. Las clases sociales se separan por muros invisibles pero infranqueables. Cada grupo con sus códigos, sus recelos y sus estrategias. De un lado, los que pueden darse una vida entre digna y ostentosa; del otro, los que no poseen nada y no tienen perspectivas de mejorar. Es una caldera de odio. Las invocaciones al rol del Estado y de la iniciativa privada, la retórica populista, las pulcras recetas liberales se proclaman en las plazas y en los simposios, pero, como se dice en el lenguaje común, "no pasa nada". Los argentinos siguen muriéndose cada día de pobreza o de violencia.

El último rasgo es un signo de los gobiernos irresponsables. Lo denomino la excitación de las apetencias individuales. ¿Qué quiere decir? Significa, dicho rápido y con sencillez, que, cuando la economía marcha bien, se reparte o se promete repartir sin prever los malos tiempos. Se induce a creer que no hay límites. Que siempre se vivirá en la abundancia. Cuando ésta cesa, cada sector se cree con el derecho de seguir reclamando la cuota prometida. La irresponsabilidad consiste en ocultar que las necesidades se atienden según los recursos disponibles y que éstos son por naturaleza fluctuantes. Los buenos gobiernos dependieron siempre de las ecuaciones, no de la demagogia. La sociedad argentina vive momentos de crispación. La gente está harta de sus dirigentes. Hay esfuerzos sensatos para cambiar el rumbo, pero no alcanzan. Se impone la intolerancia. Parece que camináramos, para usar la expresión del poeta César Vallejo, por el "borde célebre de la violencia". Es una sensación desagradable, amenazadora. Emile Durkheim, el sociólogo que describió la anomia, pensaba que la desorganización social abre la puerta a todas las aventuras. Yo agregaría: cuando las democracias se desorganizan, suelen engendrar aventuras totalitarias.

Acaso no esté de más recordarlo en estos días de furia. © LA NACION El autor es sociólogo, director de la consultora Poliarquía



octubre 03, 2009

Un experimento en Estados Unidos confirma la "teoría" de las ventanas rotas - Información Gral - LaCapital.com.ar

Un experimento en Estados Unidos confirma la "teoría" de las ventanas rotas - Información Gral - LaCapital.com.ar
Si la ventana de un edificio aparece rota y no es arreglada con premura, no pasará mucho tiempo para que el resto de los cristales corran la misma suerte. ¿Por qué sucede esto?

Es un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. La prueba consistió en dejar un auto en la calle sin las patentes y con las puertas abiertas, y esperar a ver qué ocurría.
Zimbardo abandonó un coche en las descuidadas calles del Bronx de Nueva York con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas, y esperó a ver que sucedía.
Pasaron tan solo diez minutos y comenzaron a robar sus componentes, mientras que tres días más tarde no quedaba nada que tenga valor. Luego de esto, lo que quedaba del vehículo empezó a ser destrozado.
La segunda parte del experimento consistió en dejar un vehículo en condiciones parecidas en un barrio rico de Palo Alto, California. Allí no pasó nada y el auto estuvo intacto durante una semana. Zimbardo decidió hacer algunos pequeños destrozos al vehículo y esa fue la "señal" para que los honrados vecinos californianos hagan lo mismo que los del Bronx: comenzaron a saquearlo.
Argandoña explica que este experimiento dio paso a la teoría de las "ventanas rotas", elaborada por James Wilson y George Kelling: si la ventana de un edificio aparece rota y no es arreglada con premura, no pasará mucho tiempo para que el resto de los cristales corran la misma suerte.
¿Cuál sería la explicación? Seguramente es divertido romper cristales, pero principalmente la razón es que la primera ventana rota deja un mensaje: "Aquí no hay nadie que cuide de esto".
El ejemplo puede trasladarse a las pintadas en las paredes, ya que es muy común que cuando un grafiti permanece mucho tiempo, inmediatamente la pared se ve "decorada" con muchos más. Igual sucede con la limpieza en las calles y el cuidado de los jardines.
"El mensaje es claro: una vez que se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse, a menudo a una velocidad sorprendente. Las conductas incivilizadas se contagian", da cuenta Argandoña, profesor de Economía del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, en una columna de opinión publicada hace pocos años en el diario El País.
El español cita el trabajo de Wilson y Kelling: "Muchos ciudadanos pensarán que el crimen, sobre todo el crimen violento, se multiplica y, consiguientemente, modificarán su conducta. Usarán las calles con menos frecuencia y, cuando lo hagan, se mantendrán alejados de los otros, moviéndose rápidamente, sin mirar ni hablarles. No querrán implicarse con ellos. Para algunos, esa atomización creciente no será relevante, pero lo será para otros, que obtienen satisfacciones de esa relación con los demás. Para ellos, el barrio dejará de existir, excepto en lo que refiere a algunos amigos fiables con los que estarán dispuestos a reunirse".
Según Argandoña, el análisis es factible de ser llevado a muchas otras facetas de la vida social o el ámbito empresarial. El descuido de normas éticas o irregularidades menores llevará inevitablemente a un efecto en cadena casi irreversible.
El camino para no caer en estas prácticas sería recuperar "las conductas cívicas y morales en la familia, en la empresa, en el club deportivo, en la ciudad, en los medios de comunicación, etcétera".
Argandoña cierra su columna con citas de Kant -"Actúa siempre de modo que tu conducta pueda ser considerada una regla universal"- y de Aristóteles -"Esas conductas nos empeoran a nosotros mismos como personas"-, y deja un mensaje para reflexionar: "Si no quieres ser mentiroso, no digas la primera mentira, porque... la próxima vez será más fácil".


agosto 17, 2009

los expatriados

El exilio, tan duro como de lo que se huye - lanacion.com
Evangelina Himitian
LA NACION
El éxodo fue masivo y representó la mayor oleada emigratoria que vivió el país en su historia: a partir de 2001, más de 800.000 argentinos se fueron a vivir al exterior, según un informe de la Organización Internacional para las Migraciones que publicó el martes último LA NACION.
¿Qué ocurrió con ellos? ¿Lograron insertarse en el nuevo destino? ¿Piensan en volver? ¿Los logros conseguidos fueron lo suficientemente importantes para paliar la nostalgia y el desarraigo? ¿Cómo viven estos argentinos en el exterior, a ocho años de su partida?
"Dadas las peculiares características de la Argentina, que no representa un caso típico de país exportador de trabajadores, los diferentes flujos de emigrantes poseen un alto nivel educativo y una elevada tasa de retorno", señaló la socióloga Susana Novick, investigadora del Conicet y del Instituto Gino Germani, en su libro Norte-Sur, estudios sobre la emigración de argentinos , publicado recientemente por la Universidad de Buenos Aires.
El trabajo indagó en profundidad las distintas etapas de la emigración durante la última década. Uno de los relevamientos se hizo en el país, entre argentinos que planeaban emigrar. Entre los motivos de la partida, primaron las razones personales: la búsqueda de mejores condiciones de vida y laborales. Estas fueron mencionadas por el 51% de los entrevistados.
El 59% creía que su emigración sería definitiva y que sólo pensaban volver de vacaciones.
Una encuesta realizada años más tarde entre personas que residían fuera de la Argentina indicó que las dos terceras partes de los entrevistados consideraba que económicamente estaba mejor en el nuevo país, en relación con su situación en la Argentina. Sin embargo, cuando se les preguntó por las consecuencias de la emigración en ellos y su familia, sólo un tercio expresó implicaciones positivas, tales como haber podido cumplir con sus expectativas, hacer planes, lograr una mayor realización profesional y personal, y conseguir más seguridad. En tanto que otros dos tercios destacaron lo negativo de la emigración, como el desarraigo, la soledad y la falta de afectos familiares.
Un indicador en el progreso del nivel de vida se expresa en que el 47,6% de los entrevistados dijeron poseer en el nuevo país automóviles u objetos de confort, como televisión, computadora, lavarropas, microondas y conexión a Internet en su casa. Cuando vivían en la Argentina, sólo el 20% los tenía. Por el contrario, la propiedad inmueble descendió con la emigración: el 25,5% de los entrevistados poseía una o más propiedades en la Argentina. Ese porcentaje descendió al 7% en el nuevo país.
Anhelos insatisfechos
"Hemos recurrido a la utilización de técnicas cualitativas que nos permiten explorar las características y razones por las cuales las expectativas y anhelos puestos en la emigración no fueron totalmente satisfechos", señaló Paula Palomares, autora de uno de los capítulos que analiza las razones del regreso de miles de argentinos al país, a partir de 2005. Sin embargo, no se precisa cuántos son.
"Las razones para emigrar apuntaban a la realización personal, entendida como la búsqueda de mejores condiciones personales y laborales, pero también apuntaban a la crisis de la Argentina. En cambio, el desarraigo, la discriminación, las expectativas frustradas y la limitada inserción laboral e institucional desalentaron gradualmente la posibilidad de establecerse por un largo período", agregó Palomares.
Para indagar cómo se reinsertaron en el país los emigrados que retornaron, los investigadores hicieron 25 entrevistas en profundidad desde 2005. Según las conclusiones, en la decisión de retornar tuvo un peso importante la percepción que en los países desarrollados se tiene de los inmigrantes, a quienes, según su nacionalidad, se los cataloga como generadores de problemas y, de manera creciente, como una amenaza. "Todo extranjero es igualmente una basura", apuntó Mariana, de 27 años, entrevistada para el trabajo.
"Muchos chocaron con la burocracia, que cumple la función de la discriminación encubierta. Otra forma de discriminación fue el trabajo. El acceso, para muchos, quedó restringido a las ocupaciones de menor calificación. Los universitarios encuentran en la sociedad receptora un límite para el ascenso profesional y, por ende, ven frustradas las expectativas que los llevaron a migrar", agregó Palomares.
El nivel de capacitación de los emigrados es alto: el 71,4% poseía estudios universitarios o superiores, y la mayoría de los que se fueron estaban ocupados en el momento inmediatamente anterior a su partida.
No obstante, según los investigadores, la vuelta no está motivada por una sola razón. La añoranza, la vida cotidiana, lo que ellos llaman la inmediatez de las relaciones sociales, no se compensan con una seguridad económica. "Y esto es justamente lo que comprueban una vez transcurridos los dos años", apuntó la investigadora.
Uno de los datos del informe de la OIM es que el aporte económico de los emigrados a las arcas argentinas no es menor. Si se observa la evolución de las remesas en el período 2001-2007, se advierte un incremento del 900% en el volumen enviado. El monto pasó de 100 millones de dólares en 2001 a US$ 920 millones en 2007. Esta cifra significa el 0,4% del PBI.
Los principales países desde donde los migrantes argentinos emitieron las remesas son España (30,4%), Estados Unidos (22,3%), Chile (6%), Paraguay (5,9%), Israel (5,4%), Bolivia (3,5%), Brasil (2,5%), Uruguay (2,3%) y Canadá (2,1 por ciento).
Los expatriados
* 806.369 argentinos, el 2,1 por ciento de la población, emigraron del país a partir de la crisis económica de 2001, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
* La cifra representa a la población total de la provincia de Santiago del Estero y significa la mayor ola migratoria de la historia argentina. Pero no toma en cuenta a los que retornaron en los últimos meses por la crisis mundial.
* 229.009 personas emigraron a España. Como destinos, le siguieron Estados Unidos, con 144.023 emigrados; Paraguay, con 61.649; Chile, con 59.637; Israel, con 43.718, e Italia, con 11.576.
* 4,2 millones de personas vinieron al país a principios del siglo XX. Inmigraron desde países como Italia, España y Francia, entre otros. La mitad retornó luego a su país de origen.
* US$ 920 millones fue el monto total de las remesas enviadas al país, en 2007, por los argentinos expatriados.
* 900% más. Ese es el incremento en el volumen del dinero enviado desde el exterior, en comparación con 2001 , cuando los montos no superaban los US$ 100 millones.
* Origen de las remesas. España (30,4%), Estados Unidos (22,3%), Chile (6%), Paraguay (5,9%), Israel (5,4%), Bolivia (3,5%), Brasil(2,5%) y Uruguay (2,3%).


julio 21, 2009

la fuerza del pensamiento

NUEVA YORK ( The New York Times ).- Aprender a mover un cursor sólo con los pensamientos puede ser algo no demasiado distinto de aprender a jugar al tenis o a andar en bicicleta, de acuerdo con un nuevo estudio.

La investigación, que se realizó en monos, pero se espera que pueda aplicarse en seres humanos, comprende un rediseño fundamental de los experimentos hombre-máquina.

En estudios previos, a las interfaces de computadora que traducen pensamientos en movimientos se les daba un nuevo conjunto de instrucciones cada día, algo similar a despertarse cada mañana con un nuevo brazo que uno tiene que aprender a usar de nuevo.

Pero en los nuevos experimentos, los monos aprendieron a mover un cursor utilizando sólo un conjunto de instrucciones.

"Es la primera demostración de que el cerebro puede controlar un dispositivo de forma similar a como controla su propio cuerpo", dijo José Carmena, profesor de la Universidad de California en Berkeley, que condujo la investigación. Los experimentos se publicaron ayer en PloS Biology.

"Los resultados son muy espectaculares y sorprendentes -dijo el doctor Eberhard E. Fetz, experto en la interfaz mente-máquina de la Universidad de Washington, que no participó en la investigación-. Muestra que el cerebro es más inteligente de lo que pensábamos."

Los electrodos se implantaron directamente en el cerebro para registrar la actividad de una población de 75 a 100 células que ayudan a guiar el movimiento.

La actividad de esas neuronas se grabó a medida que los animales movían el brazo o la mano. Luego, se inmovilizó el miembro, y los investigadores predijeron qué quería hacer el animal observando la actividad celular: ese patrón se enviaba a un decodificador, un algoritmo de computadora que transforma las señales del cerebro en comandos que una máquina puede ejecutar.

Pero debido a la variabilidad causada por el movimiento de los electrodos y a cambios de las células cerebrales los científicos advirtieron que una nueva población de células estaba controlando los movimientos cada día. Recalibraban el decodificador y el sujeto tenía que volver a aprender cada día la tarea.

Carmena se preguntó qué pasaría si mantenía constante el decodificador. ¿Podría un grupo elegido al azar de unas 10 o 15 neuronas, con práctica, ser obligado a formar un recuerdo estable? El equipo de Carmena entrenó a dos monos a usar un joystick para alcanzar puntos azules en un círculo y luego extrajeron el decodificador. Los animales, después, practicaron cómo mover el cursor con sus pensamientos durante 19 días y luego les cambiaron el color de los puntos por amarillo. En un par de días, aprendieron la nueva tarea utilizando las mismas células: tenían dos mapas mentales que no interferían entre sí.

Si este tipo de interfaces pudieran utilizarse en seres humanos, algún día las personas paralizadas podrían controlar prótesis tan naturalmente como utilizan sus miembros.



junio 29, 2009

un analisis interesante. Alejandro Rozitchner Especial para lanacion.com

Muchos estamos contentos, muy contentos. Es como una película que termina bien: los malos, patoteros, corruptos, prepotentes, inútiles, se encontraron con un límite. Ellos, que hacían gala de impunidad, fueron derrotados. Perdieron. Se creían mucho y son poco. El susto queda, porque la capacidad de daño persiste, pero cierta organicidad propia del movimiento del poder debe hacer lo suyo y privarlos de la aún vigente capacidad de hacer desastres: su misma tropa debe estar pensando qué hacer ahora que los líderes tienen menos músculos que hace unos días.  Pero más allá de eso, hay que leer la línea evolutiva, esa que generalmente no sabemos ver porque se dibuja lentamente. Hay que captar que las elecciones de ayer suponen un avance importante en el camino de la construcción de una sociedad más capaz. No, con la pobreza no sabemos tratar aún (lo que sabemos es producirla, eso es el pobrismo, la recreación interminable de la pobreza amparada en visiones "ideológicas", que son en realidad formas religiosas recauchutadas ligadas a un racionalismo hipermoral), pero cada vez aprendemos más a tratar con la violencia política. Ya hace un par de décadas dejamos de matarnos. Podemos ser muchísimos los que detestamos a un funcionario, pero no ejercemos violencia alguna, somos mansos, y votamos. Esa tranquilización es un gran paso adelante. Dentro del juego que plantea, sin embargo, ha habido opciones que representaban la opción de la violencia en un modo más suave que el de las bombas y los tiros, un modo simbólico aunque también real, que ayer ha sido limitado, de forma general y con énfasis.

El fenómeno del kirchnerismo en su conjunto, retomó de modo imaginario la vieja lucha desastrosa de los 70 y le volvió a dar vigencia en medio de la democracia. ¿Por qué pasó? Por la incapacidad de trabajar mejor frente a los problemas reales de nuestros primeros gobiernos democráticos (pobreza, básicamente) y por el espíritu infantil, fanático y pasivo de gran parte de la ciudadanía. ¿Son ambos factores el mismo? Sí, incapacidades nuestras, tendencias a gestar despelotes inútiles en vez de abocarnos a lo importante, testimonios de una insana pasión por el quilombo. ¿Qué es lo importante? Gestionar bien, trabajar bien, ocuparse seriamente de la educación, el trabajo, la seguridad. Suplantar las imaginaciones por las realidades. Volcarse más a la creatividad y las ganas de vivir que a la crítica y al verso histórico social, más a lo concreto que a la representación cargada de pretextos.

Y lo digo con tanta sencillez a propósito: no creo en deformaciones complejizantes, estas sirven siempre para justificar una incapacidad real. No olvidemos que todos los países están sometidos a idénticas tensiones en la lucha por el poder y por los temas financieros, pero algunos países logran crecer bien y otros logran crecer mal. Nosotros crecemos mal: al mejor modo chavista, disponer de mucho capital no nos hace repartir mejor ni ser más productivos sino lo contrario.

Evolución. Sí, tiene sentido hablar de evolución, aunque ella no suponga el error racionalista de creer que el mal puede desaparecer de la tierra. No es necesario creer que la evolución terminará con todo padecimiento. Eso que llamamos el mal es parte de la naturaleza, parte fundamental e incluso necesaria, y no puede simplemente dejar de existir. Hay un ingrediente de violencia e injusticia que forma parte de la vida misma, y no responde, como gustan de creer los espíritus sencillos a "intereses de las corporaciones" sino a la misma respiración animal del mundo. Un león no se come al venado porque sea menemista o liberal o noventista, sino porque es fiero y puede. No vamos a poder eliminar a las fieras del mundo humano, pero podemos aprender a limitar un poco más su daño. No podemos eliminar la fiereza del mundo, podemos trabajar con ella como un elemento a favor. Además, esa fiereza está en todos, en todos nosotros, todo el tiempo.

Desde el inicio de la democracia hemos logrado limitar la violencia política. Ayer avanzamos un poco más. No creo que haya que celebrar ahora el nacimiento de mil nuevos debates, como se dice, sino la posibilidad de superar los interminables debates y lograr algunos acuerdos. De eso se trata: de identificar puntos que puedan desearse en común para dar pasos de acción. De otra forma pareciera que lo que nos gusta es hablar, hablar y después hablar un poco más, y la realidad seguirá escapándosenos. Estos nuevos protagonistas de la política, sean de Unión Pro, de la Coalición Cívica o del pinosolanismo o de la fuerza que sean, tienen que entender que lo que les pedimos es que dejen de lado los bordes en los que no acuerdan y se afirmen en las cosas que sí pueden querer en conjunto. Y que las hagan. Y pronto. Que limiten el narcisismo de la diferencia y acepten la renuncia implícita en el acuerdo.

Cambios. Esa renuncia es poderosa en términos de capacidad colectiva. Tal vez los dirigentes que acuerdan brillan menos, pero hacen mejor país. Nuestros votos avanzan hacia esa modalidad más valiosa. Lo que hay que tener en cuenta es que este cambio no va "a pasar", no es "algo que sucede" sino que "hay que hacerlo". Para acompañar este paso de desarrollo y crecimiento que dimos ayer habría que dejar de lado el lugar común antipolítico y dar pie a una nueva camada de involucración general. No hace falta creer que hacer política es pasarse el día rosqueando. Hacer política es acompañar, creer, trabajar, inventar, apoyar, limitar el omnipresente arte de la objeción para dar lugar al arte del apoyo. La personalidad argentina es la que está reformulándose en estos pasos políticos. Todos tenemos algo que aprender y, sobre todo, unas cuantas cosas que hacer. Tal vez, con suerte, podamos dejar de ser, en conjunto, tan inútiles. Al alcance de nuestras manos hay grandes logros.