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la fundación es una organización sin fines de lucro que se propone contribuir al mejoramiento de la la vida de las personas, organizaciones y comunidades

Como organización forma parte de una Red Internacional que reúne personas y grupos de Francia, Alemania, Suiza, España, Brasil, Colombia, que promueve la Economía Solidaria, el Desarrollo Social Local, la Salud Comunitaria, el abordaje colaborativo de los conflictos, los Diálogos Públicos y las formas creativas de abordar los desencuentros humanos

Podrán visualizar más en detalle algunas de estas dimensiones en nuestro site: www.moiru.com.ar

junio 29, 2010

El mundo, ante la tercera depresión Paul Krugman The New York Times

NUEVA YORK.- Las recesiones son comunes; las depresiones son raras. Por lo que sé, hubo solamente dos épocas de la historia económica que fueron generalizadamente descriptas como "depresiones" en su momento: los años de deflación e inestabilidad que siguieron al pánico de 1873 y los años de desempleo masivo que siguieron a la crisis financiera de 1929-31.

Ni la Larga Depresión del siglo XIX ni la Gran Depresión del siglo XX fueron épocas de declinación incesante. Por el contrario, ambas incluyeron períodos en los que la economía creció. Pero esos episodios de mejoría nunca bastaron para reparar los daños ocasionados por la primera caída, y fueron seguidos por recaídas.

Me temo que ahora nos encontramos en las primeras etapas de una tercera depresión. Probablemente sea más semejante a la Larga Depresión que a la mucho más grave Gran Depresión.

Pero el costo para la economía mundial y, sobre todo, para los millones de vidas azotadas por la falta de empleo será enorme. Y esta tercera depresión será, primordialmente, un error de política.

En todo el mundo -más recientemente en la muy desalentadora cumbre del G-20 en Toronto-, los gobiernos se obsesionan con la inflación cuando la verdadera amenaza es la deflación, y predican la necesidad de ajustarse el cinturón cuando el verdadero problema es el gasto inadecuado.

En 2008 y 2009, parecía que, tal vez, habíamos aprendido las lecciones que nos había dado la historia.

A diferencia de sus predecesores, que aumentaron las tasas de interés ante una crisis financiera, los actuales líderes de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo (BCE) bajaron las tasas y actuaron para dar apoyo a los mercados crediticios.

A diferencia de los gobiernos del pasado, que trataron de equilibrar sus presupuestos cuando se vieron enfrentados a una economía en caída, los gobiernos de hoy permitieron que el déficit aumentara. Y mejores políticos lograron que el mundo evitara un colapso total: se podría afirmar que la recesión producida por la crisis financiera terminó el verano pasado.

Desempleo catastrófico

Pero los futuros historiadores no dirán que ése no fue el final de la tercera depresión, tal como el repunte empresarial que se inició en 1933 no fue el final de la Gran Depresión.

Después de todo, el desempleo -en especial, el desempleo de largo plazo- sigue en niveles que hubieran sido considerados catastróficos poco tiempo atrás, y no hay indicios de que vaya a recuperarse en lo inmediato. Y tanto Estados Unidos como Europa se encaminan hacia trampas deflacionarias al estilo de Japón.

Ante este sombrío cuadro, uno esperaba que los políticos se dieran cuenta de que aún no habían hecho lo suficiente para promover la recuperación. Pero no: durante los últimos meses, se produjo un notable resurgimiento de la ortodoxia del dinero difícil y del equilibrio presupuestario.

En lo referido a la retórica, el renacimiento de la antigua religión es más evidente en Europa, donde los funcionarios parecen extraer sus frases de los discursos completos de Herbert Hoover, incluida la afirmación de que aumentar los impuestos y reducir el gasto verdaderamente son medidas que ampliarán la economía y fortalecerán la confianza empresarial.

Sin embargo, a nivel práctico, Estados Unidos no hace las cosas mucho mejor. La Fed parece consciente de los riesgos deflacionarios, pero lo que propone hacer con estos riesgos es, digamos, nada.

La administración de Barack Obama entiende los peligros que implica una austeridad fiscal prematura? Pero como los republicanos y los demócratas conservadores no autorizaron en el Congreso la ayuda adicional a los gobiernos estatales, esa austeridad existe de todas maneras, bajo la forma de recortes presupuestarios estatales.

¿Por qué esta política es equivocada? Para justificar su postura, los más intransigentes suelen invocar los problemas que deben enfrentar Grecia y otras naciones marginales de Europa.

Y es cierto que los inversores han atacado a los gobiernos con déficits irremediables. Pero no hay ninguna evidencia de que la austeridad fiscal a corto plazo, ante una economía deprimida, sirva para tranquilizar a los inversores.

Todo lo contrario: Grecia ha accedido a un estricto plan de austeridad, sólo para descubrir que su riesgo país sigue creciendo; Irlanda ha impuesto salvajes recortes a su gasto público, sólo para que los mercados la consideren aún más riesgosa que España.

El triunfo de la ortodoxia

Es casi como si los mercados financieros entendieran aquello que los políticos no parecen comprender: que aunque la responsabilidad fiscal a largo plazo es importante, rebajar drásticamente el gasto en una depresión, profundizándola y abriendo paso a la deflación, es una actitud verdaderamente autodestructiva.

Así que no creo que nada de esto se justifique con Grecia, ni tampoco que sea una evaluación realista de la compensación de la relación entre el déficit y el empleo.

Es, en cambio, el triunfo de una ortodoxia que tiene poco que ver con el análisis racional y cuya premisa fundamental es que imponer sufrimientos a otras personas es la manera de demostrar la capacidad de liderazgo en las épocas difíciles.

¿Y quién pagará el precio de este triunfo de la ortodoxia? La respuesta es: decenas de millones de trabajadores desocupados, mucho de los cuales seguirán sin empleo durante años, y algunos de los cuales nunca más volverán a trabajar.

Traducción de Mirta Rosenberg

junio 16, 2010

La mejor parte del amor

artículo de Sandra Russo de diciembre de 2009, pero muy actual.
La mejor parte del amor
Por Sandra Russo
Seguramente los apropiadores de niños sienten amor por ellos, o al menos eso deben creer. Quién sabe qué siente alguien que oculta una verdad atroz; que obliga al ser presuntamente amado a una reciprocidad que él mismo viola. Nadie está, sin embargo, preparado para fingir toda su vida. Ese amor que los apropiadores sienten por esos bebés que hoy son hombres y mujeres de treinta y pico debe haber tenido fallas, grietas, lapsus, desbordes inevitables de la verdad. Un hijo apropiado debe saber, en alguna parte sí, alguna forma de la verdad. Seguramente huele el tufo de ese amor, su hedor, el rastro de un crimen. Hay cuatrocientas personas todavía viviendo esas tensiones soterradas.
Hay mecanismos psíquicos y sociales que permanentemente bloquean el amor y lo reemplazan por sus simulacros. Estamos todos tan confundidos con el amor, que aceptamos sus sustitutos, sus malas copias. Los apropiadores de niños les han dicho a lo sumo a esas personas que son hijos adoptivos, bebés que ellos sí aman, en reemplazo de madres que los abandonaron. Desde el punto de vista de ese tipo de víctima, el hijo abandonado, ser hijo de un desaparecido es una enorme descarga de angustia. Es constatar que no hubo abandono. No son hijos biológicos de una madre que eligió seguir su vida sin ellos, sino que fueron bebés arrebatados de las manos de sus madres. Sus madres no siguieron sus vidas, no formaron otras familias, no tuvieron otros hijos. Fueron asesinadas.
Lo innombrable del abandono es el desamor. Cualquiera que haya sido abandonado en una circunstancia amorosa sabe que lo anímicamente intragable del abandono es el desamor. Una de las razones que siempre esgrimieron las Abuelas como motores de su búsqueda es hacerles saber a sus nietos que fueron bebés muy deseados y amados por sus padres y sus familias. Quieren hacerles saber algo que puede curarles un trauma y sanarles la vida.
Cuando esos bebés llegaron a la adolescencia, cuando pudieron hacer lo que un niño pequeño no puede, muchos hijos adoptivos fueron por sí mismos a la sede de Abuelas. Querían saber si eran hijos de desaparecidos. Buscaban su identidad, pero también buscaban, probablemente, ese consuelo terrible: no haber sido bebés abandonados, sino víctimas de crímenes políticos. Esto no tiene nada de ideológico, en principio. Se trata más bien de distintas dimensiones del amor y el desamor. Nuestras vidas penden de esas nociones. Nuestros dolores y pasiones nacen allí, a la sombra de cómo fuimos o no fuimos amados.
La idea que tenemos del amor, eso que reconocemos en los otros y en nosotros mismos como amor, no puede germinar en la mentira, sólo en la libertad. Nadie puede obligarnos a amar. No podemos tampoco obligarnos a nosotros mismos a hacerlo. Es un sentimiento que está fuera de nuestro control, que aparece y también desaparece, pero que suponemos sólo posible entre criaturas libres. Cuando la mentira atraviesa la circunstancia amorosa, no hay amor. Hay manipulación.
La manipulación en el amor, sin embargo, no es cosa extraña. El mercado Vero Peso, en la desembocadura del Amazonas, es enorme y extraordinario. Hay interminables filas de puestos que venden los mangos más grandes del mundo, pescados de diseños exóticos, instrumentos musicales de madera maciza. Allí hay un sector de hechiceras que vende frasquitos de esencias y aceites para curar la salud y para recuperar o afirmar el amor. Esas mujeres de etnias amazónicas la agarran a una de la pollera cuando pasa, le ofrecen felicidad. Un embrujo no es otra cosa que manipulación. O simulación.
Traje de allí un pequeño volante que no es indígena, es afro. “Mae Triana Cartomante Exotérica” se llama la mujer vidente. Promete traer a la persona amada rápido, “amarrada a tus pies”. El amarre es un tópico de la hechicería. Hay brujas urbanas en todo el mundo especializadas en amarres. Los amarres pretenden reemplazar al amor por fascinación. Ese es un truco posmoderno. Una prestidigitación tecnológica que hace llamar amistad a lo que pasa en Facebook. Es un atajo virtual para el atajo que siempre en todas las culturas se buscó: tomar por amor un sentimiento sintético que no se regocija en el bienestar del ser amado, sino en la propia necesidad de conexión.
A fin de año la palabra “amor” se multiplica. Son palabras. Las palabras tienen la particularidad de ser nada menos y nada más que palabras. Pueden ser decisivas o intrascendentes, pueden estar llenas o vacías.
Venimos terminando un año en el que las palabras fueron aligeradas, violentadas, subvertidas por el establishment. Se llegó a tal extremo que tuvimos que escuchar, como una reivindicación política de la mentira, que los hijos de Ernestina Herrera de Noble son nuestros hijos. Llama muy poco la atención que la lucha de las Abuelas sea cuestionada desde sectores golpistas que participan del juego democrático justo cuando esa lucha roza a una mujer muy poderosa. Cuando roza al poder. Eso pasa no inadvertido, sino no dicho.
Este año se puso en jaque a los derechos humanos. La primera en hacerlo fue Susana Giménez, entretenedora exquisita para la videopolítica. “Esa estupidez de los derechos humanos”, dijo aunque quedó sonando la otra parte de la frase, “el que mata tiene que morir”. Después se cuestionó a las Madres y a las Abuelas por la ley de ADN y se alzó nuevamente la frase hecha de que “los derechos humanos son sólo para los delincuentes”, y no para las víctimas de “la inseguridad”. Las coberturas políticas y policiales se entremezclaron. Abel Posse tuvo que renunciar, pero pasamos por el trance de tener unos días un ministro de Educación porteño que volvió a reivindicar el terrorismo de Estado. El huevo de la serpiente se instala en muchos nidos.
Nuestra veta fascista tiene sus dirigentes, pero tiene también muchos voceros en las calles, hombres o mujeres comunes y corrientes que de pronto se entreveran en conversaciones en las que piden matar a unos cuantos. La muerte es una de nuestras tradiciones. Una pulsión argentina que se regodea en soluciones finales. Matarlos a todos es una ilusión degenerada.
Hubo una época bastante reciente en la que los mataron. A todos los que pudieron. Hubo uno o dos años, durante y después del Juicio a las Juntas, en los que el horror sacudía las almas. Habían hecho cosas como tirar a la gente viva de los aviones o como asesinarla y robarse a sus hijos. Eso no es de izquierda ni de derecha. A veces uno se pregunta, en este país jodido, si acaso es de izquierda o peronista haberse quedado atravesado por la decisión de “nunca más”. Este año, uno ha tenido la sensación de que si apareciera un liderazgo bestial, tendría sus bases en esa gente que tiene mucho y no quiere perderlo, o en los que tienen muy poco, quizá un freezer y un auto, o una casa propia y un plazo fijo en el banco, y sin embargo arengan la muerte de los que tienen menos que ellos.
Si se me permite, quisiera dedicar esta columna de fin de año a las Madres y a las Abuelas, por muchas razones. Pero entre ellas, la más firme y convencida es el agradecimiento por haber tramitado su dolor con lucha, y no con venganza. Por haber pedido siempre justicia, y haberse avenido a la mala, la poca, la lenta justicia que obtuvieron. Por haber estado dispuestas siempre a ofrecer a sus victimarios las garantías que sus hijos y sus nietos no tuvieron. Porque a pesar de sus diferencias y de sus líneas internas, siempre todas se pararon allí, en ese escalón que separa la civilización de la barbarie. Y porque en este país que aún conserva su horrible pulsión hacia la muerte, ellas la saltaron, se sobrepusieron, la reciclaron, la gestionaron hacia la vida. Porque son parte de lo mejor que somos, y somos peores si lo olvidamos.


junio 03, 2010

Civilización empática por Jeremy Rifkin*